20 de abril de 2007

Reflexiones durante mi secuestro

Hoy es sábado 6 de Julio de 2002 y estoy completando 12 días de cautiverio, los cuales, aunque parezca extraño, he sabido aprovechar mejor que si hubiera estado en el mejor sitio vacacional del mundo. He tenido tiempo para leer, meditar, pensar, reflexionar, orar, conversar y descansar muchísimo. He tratado de reencontrarle el rumbo a mi vida, de rescatar mis ilusiones perdidas, de desenterrar todos mis sentimientos de amor o desamor que he sentido en mis 47 años. He pensado en mis amigos de infancia, en mis compañeros del colegio, la universidad y el trabajo, en todos los componentes de mi familia, desde los abuelos difuntos, padres, tíos, primos, hermanos, sobrinos, y por supuesto mis hijos, por los que he rogado a Dios que hayan estado bien acompañados, que hayan sabido afrontar con madurez mi desaparición y que hayan aprendido a aceptar y ojalá, como yo lo he logrado, a sacar provecho de tan difícil situación.

A partir de hoy, trataré de escribir una especie de diario que haré hasta lo imposible para llevarla conmigo el día que recobre mi libertad...

La captura...
Todo empezó el martes 25 de Junio a las 5:30 de la mañana durante la habitual montada en bicicleta que por muchos años venía haciendo varias veces a la semana con dos de mis mejores amigos por la Loma del Chocho en Envigado.

No llevábamos más de 10 minutos cuando, de repente, aparecieron por detrás dos taxis Mazda 323 que nos cerraron el paso y arrinconaron contra el borde del camino. De cada vehículo descendió un hombre armado que nos apuntaba directamente, mientras cada chofer abría automáticamente la maleta de su taxi.

Creo que los tres pensamos que nos iban a robar las bicicletas, como ya nos había sucedido en otras ocasiones pero, para nuestra sorpresa, esta vez no las querían a ellas sino a nosotros. Uno de los asaltantes me obligó a meterme en el baúl del primer taxi y antes de que cerrara la tapa, alcancé a ver que su compinche hacía lo mismo con otro de mis compañeros. Casi al instante y sin escuchar una sola palabra, el taxi arrancó bruscamente.

Yo me zarandeaba con cada brinco, frenazo o curva que tomaba el taxi y lo único que veía era la luz roja que inundaba el baúl cada vez que el chofer presionaba el pedal del freno. Mi corazón estaba completamente desbocado, me sentía sofocado y me parecía que el aire no era suficiente para respirar tan rápido. Traté de calmarme y averiguar por dónde iba ya que durante muchos años había recorrido, tanto en carro como en bicicleta todas las vías aledañas, pero no me venía a la mente ninguna calle, transversal, loma, avenida o autopista que coincidiera con los estrujones.

Tan pronto logré calmarme un poco, pensé en quitar una de las luces traseras o al menos hacerle un corto con la posibilidad de que se varara el taxi, pero no pude encontrar ninguna herramienta, y además, mi brazo derecho, de poco me servía en la posición en que estaba. Sobre mi cabeza, vi que quedaba uno de los parlantes del radio y pensé en quitarlo, no sólo para que entrara un poco más de aire sino para tratar de ver hacia dónde me llevaban. Le hice un poco de fuerza hacia arriba y logré arrancarlo sin que se dieran cuenta mis dos captores que debían ir en los asientos delanteros. Levanté ligeramente el parlante y a través del hueco pude mirar hacia arriba por el parabrisas trasero del taxi, pero sólo alcancé a ver algunas ramas, postes, lámparas y cables de la luz, que tampoco me sirvieron para identificar la ruta.

Se me ocurrió entonces que tal vez podría abrir la tapa del baúl jalando la guaya que llegaba desde el asiento del chofer hasta la chapa... Ensayé a halarla lentamente y efectivamente trató de abrirse, pero debía esperar a que el taxi se detuviera en algún semáforo o en un "trancón" para poder bajarme y salir corriendo, pero qué tal que me atropellara otro carro, o que los tipos se dieran cuenta y me dispararan... Entonces pensé en abrirla sólo un poco y sacar la mano o asomarme para pedirle ayuda a otro carro, pero qué tal que el otro taxi viniera detrás y fueran los otros bandidos los que vieran mis señales de auxilio... Todo parecía demasiado arriesgado, así que más bien resolví colocar nuevamente el parlante en su sitio, dejar las luces en paz y ponerme a rezar hasta llegar a mi destino...

Como de costumbre, al montar en bicicleta, yo iba sin papeles, ni plata, ni gafas, ni celular. Sólo llevaba mi reloj Casio multifuncional y mi uniforme completo de ciclismo: pantaloneta negra, un par de zapatos de ciclismo Shimano con "taches" metálicos en la suela para asegurarlos a los pedales, el casco, los guantes y una camiseta gris con protectores especiales para los hombros y la espalda, que conseguí después del accidente que sufrí hace un poco más de dos años, cuando un borracho (también en un Mazda 323) me atropelló por detrás mientras subía en bicicleta por la carretera de Las Palmas y me destruyó el hombro derecho. Hace muchos años tuve un carro de la misma marca y modelo, pero jamás pensé que iba a tener encuentros tan cercanos con sus congéneres. Claro que nunca sospeché tampoco que mi uniforme de ciclista, en especial el casco y la camiseta con sus protectores, fuera ideal para viajar en la maleta de los Mazda 323.

Después de un rato de relativa calma, por fin se detuvo el taxi. Cuando abrieron la tapa, se acercó un hombre, mirándome como quien se asoma a la barca que acaba de llegar al muelle para ver el resultado de la pesca ("milagrosa" en este caso), y mientras trataba de salir de la maleta por mi propia cuenta, observé que ya había amanecido y que estaba en medio de una empinada y estrecha calle de un barrio marginal del Valle de Aburrá (donde quedan los municipios de Medellín, Bello, Envigado, Itagüí, etc.). El día estaba tan nublado que no pude ver el resplandor del Sol, ni las cordilleras, ni nada conocido que me permitiera ubicarme. La calle era de cemento, sin aceras y rodeada de casas de uno o dos pisos. Logré ver el número de la puerta de una de las casas pero al no saber si me hallaba en una calle (de oriente a occidente) o carrera (de sur a norte) no pude determinar exactamente el barrio ni la zona donde me encontraba.

El cautiverio...
Alrededor del taxi había varios hombres fuertemente armados, casi todos con el rostro cubierto con pañoletas o pasamontañas, pero sin uniforme ni brazaletes que los identificara*. El hombre que se acercó a reconocerme fue el encargado de darme la bienvenida diciéndome que eran del ELN (guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional). Inmediatamente me condujeron por unas escaleras de cemento localizadas al lado izquierdo del taxi, que comenzaban justo en el borde de la calle y después de bajar algunos escalones y atravesar un corto pasadizo, entramos a una humilde casa. Me llevaron a una pieza oscura donde sólo había la armazón metálica de una cama doble con todas sus tablas arrinconadas hacia el espaldar, así que me senté en ellas como si se tratara de una enorme silla. El piso de la casa era de cemento y las paredes y el techo de ladrillos agujereados.

Casi inmediatamente, traté de establecer conversación con uno de mis vigilantes encapuchados para averiguar quiénes eran y qué se proponían hacer conmigo, pero lo único que me respondió fue que eran de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia), o sea que quedé más despistado que antes; igual podían ser delincuentes comunes o pertenecer a las guerrillas de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). Buscando alguna entretención, le solicité algo para leer y me pasó una revista y un periódico revolucionarios, de ideología netamente guerrillera, pero no habiendo más que hacer, me los leí de pasta a pasta.

La casa parecía ser el primer piso de una construcción multifamiliar y no creo que tuviera más de tres metros de ancho por diez de largo. En el primer cuarto, además de la puerta de entrada, que generalmente permanecía cerrada con doble chapa, estaba el baño, un pequeño mesón de cocina y una poceta que servía de lavamanos, lavaplatos y fregadero para la ropa. El segundo cuarto era la pieza donde yo estaba, y a duras penas cabía la cama. La única "ventana" de la casa estaba localizada en medio de la pared del fondo de mi pieza (frente a la cama), pero más que una ventana realmente era una puerta metálica casi cuadrada, elevada unos 60 centímetros del piso, que conducía al tercero y último compartimiento de la casa...

Se trataba de una especie de terraza o "deck", donde permanecían mis vigilantes, sentados o acostados en el piso de madera. El techo era de zinc y entre los tablones del piso se veía que había sido construido casi directamente sobre el techo de Eternit de la casa de atrás, la cual, aparentemente, por el desnivel de la montaña, estaba un piso más abajo que la nuestra.

Para evitar que viera hacia el exterior, o me vieran personas extrañas, yo tenía prohibido pasar de mi habitación al deck, cuya vista, al fondo, había sido cubierta casi totalmente con unas láminas de zinc y un par de sábanas, colocadas a modo de cortina, entre las cuales, cuando el viento o mis vigilantes las levantaban, lograba ver una colina, a no más de 300 metros, cubierta por "montoneras" de casas de ladrillo y cemento, construidas unas sobre otras.

Afortunadamente, hasta ese momento, había logrado permanecer tranquilo, posiblemente ayudado por la pastilla contra la depresión y la ansiedad que, como cosa rara, me la había tomado a las 5 a.m., antes de salir a montar en bicicleta y no al regresar, con el desayuno, como lo hacía siempre.

El tiempo pasaba y yo seguía un poco asustado, pero al fin y al cabo, sabía que estaba bien, con excepción de algunos moretones en las rodillas causados por mi reciente viaje. Sin embargo, me puse a pensar en mis hijos que ya debían estar preocupados al ver que yo no había regresado a las 6:30 para acompañarlos a desayunar. A las 7 debía llevar a mi hijo mayor al colegio para tratar de recuperar los últimos logros pendientes para salir a vacaciones. Me imagino que, en un principio, habrán tratado de llamarme al celular y al ver que no contestaba, tal vez pensaron que me había ocurrido otro accidente en la bicicleta, ¿pero por qué mis compañeros tampoco avisaban?

Escuchando las conversaciones de mis vigilantes, me llegaron las primeras noticias sobre mis compañeros de secuestro. Parece que uno de mis amigos trató de fugarse del taxi y los captores lo hirieron o mataron a tiros, y del otro me dijeron que lo tenían capturado. Lo único cierto era que mis amigos no aparecieron en la casa donde yo estaba, pero también era posible que los hubieran llevado a otra parte y que todo lo que me decían fuera para atemorizarme...

La entrevista con mis captores...

De repente, apareció otro encapuchado cargando esposas y granadas en la cintura, al cual saludé con todo el respeto y la camaradería posible. Le dio la orden a uno de mis vigilantes para que organizara las escasas tablas de mi cama y le colocara el colchón de rayas blancas y azules que estaba tirado en el piso del deck. Mientras se ejecutaban sus órdenes, me explicó que, por seguridad, debía colocarme las esposas.

Horrorizado le supliqué que no lo hiciera, le dije que si me hubiera querido volar lo habría hecho abriendo la maleta del taxi y le garanticé que sólo me iría el día que ellos lo quisieran. De todas maneras me colocó las dos esposas en mi mano derecha y de ellas amarró una cuerda negra de nailon al espaldar de la cama, pero afortunadamente, el nudo que le hizo era más simbólico que real, pues el de un zapato no tenía nada que envidiarle. Antes de irse, me preguntó si ya había desayunado y le respondí que no.

Como era la primera vez en mi vida que tocaba esta clase de esposas, me puse a investigar cómo funcionaban. A diferencia de las que había visto en televisión, no tenían cadena sino una bisagra que permitía cerrar una sobre la otra formando una especie de pulsera. Cada esposa tenía su propia cerradura con llave y fue doloroso comprobar que bastaba hacerles una leve presión para que se fueran cerrando paso a paso con un trinquete hasta apretar completamente la muñeca. Le dije a mi celador que quería ir al sanitario y amablemente me autorizó, no sólo a soltar el nudo con el que estaba amarrado al espaldar de mi cama, cada vez que necesitara ir al baño, sino a volver a hacerlo cuando regresara.

El sanitario era un cubículo oscuro y sin puerta, y por su tamaño parecía más bien un orinal en obra negra. El inodoro no tenía asiento ni tapa en el tanque. Sobre la taza había unos calzoncillos mojados y el rollo de rollo de papel higiénico permanecía en el piso de cemento. Del techo, sobre el inodoro, se asomaba un tubo de PVC que hacía las veces de ducha.

El desayuno en la cama...
Al poco rato de estar recostado nuevamente en mi cama, me trajeron tremendo desayuno: Aguapanela, "calentao", arepa, etc. ¡No lo podía creer! Les di las gracias y les dije que, desde mi luna de miel, nadie me había traído el desayuno a la cama. Mis vigilantes disfrutaban de mi buen humor (no es raro que quien hace reír se haga querer).

Tan pronto terminé de desayunar, llegó un encapuchado que parecía ser el de mayor rango hasta ese momento. Lo saludé de mano y lo invité a sentarse en mi cama, ya que era el único mueble con que contaba la casa. Me explicó que se trataba de una "retención con fines económicos", como queriéndome tranquilizar para que no pensara que era un secuestro, pero no me quiso aclarar si eran guerrilleros o paramilitares. Sacó una pequeña libreta para tomar notas y me preguntó mi nombre completo, profesión, dirección, etc. Le conté que era ingeniero electrónico y sin temor a exagerar, me alargué contándole todos los detalles que, tanto a mí como a mi empresa, nos habían llevado casi a la quiebra total en los últimos años. Le conté de los problemas que tuve con un ex-socio, de mi accidente, de mi separación y posterior divorcio, de la crisis económica, del préstamo que tuve que hacer al banco para liquidar a más de la mitad del personal a finales del año pasado y de lo doloroso que había sido para mí haber tenido que llegar a esa decisión. Le expliqué que había repartido las dos terceras partes de las acciones de mi liquidada sociedad conyugal entre dos de mis mejores empleados, con tal que me ayudaran a salvar la empresa. Le conté que vivía con mi hijo de 14 años y mi hija de 11, en un pequeño apartamento cerca a San Diego, cuyo arrendamiento, junto con el mercado y el colegio, difícilmente lograba pagar con los pocos honorarios que ganaba mensualmente.

Le comenté también que desde Diciembre, a raíz de todos mis problemas, había estado en un tratamiento antidepresivo y que el médico me había advertido que debía tomar la droga todos los días, sin interrupción, para evitar una recaída. Le di el nombre del medicamento y le advertí que las pastillas eran costosas y difíciles de conseguir. Para terminar, me preguntó qué otras cosas me hacían falta, y sin sospechar por cuanto tiempo sería mi estadía, sólo le pedí una sudadera, una sábana, una toalla y un cepillo de dientes.

Me recosté nuevamente en mi cama y me puse a repasar la entrevista que había acabado de tener, analizando si había dicho lo que debía. Me acordé de una frase que me habían enseñado mis socios: "Eres dueño de lo que callas y esclavo de lo que dices". Esperaba no haber dicho nada que me perjudicara a mí, a mi familia o a mis amigos, pero tampoco debía haber callado nada que pudiera ayudarnos a resolver la situación.

El Caballero de la Armadura Oxidada
Al poco rato, mi vigilante se apareció con un par de libros que supuestamente habían dejado abandonados los últimos residentes de la casa, al igual que las revistas que me había facilitado antes. Se trataba de "El Caballero de la Armadura Oxidada" y "¿Quién se ha llevado mi queso?, ninguno de los cuales había leído antes.

Inmediatamente, aunque un poco maniatado con la cuerda de nailon, las esposas de acero y mi hombro de titanio, y a pesar de no tener mis gafas de lectura y de que la iluminación tampoco era la mejor, me puse a leer el primer libro de mi cautiverio. Pero a los pocos minutos fui interrumpido con la visita de dos encapuchados más, los cuales se notaba que eran los de mayor rango, no sólo por su edad sino por el respeto que demostraban mis vigilantes hacia ellos. Me levanté para saludarlos de mano y, por supuesto, también los invité a sentarse en mi cama. El primero de ellos se sentó a mi lado y me interrogó nuevamente, teniéndole que repetir las mismas respuestas e historias que ya le había dicho al entrevistador anterior. Mientras tanto, su compañero escuchaba atentamente mi entrevista pero era interrumpido constantemente por un radio portátil con el que parecía comunicarse con sus compañeros.

Les di las gracias por todas las atenciones recibidas hasta el momento y les confesé que estaba necesitando con urgencia unas vacaciones de descanso. Sin embargo, les expliqué que no quería "abusar de su hospitalidad" y que tampoco podía quedarme mucho tiempo porque mis hijos me necesitaban y mis socios requerían urgentemente mi presencia antes de que fuera demasiado tarde para salvar la empresa y dejar sin trabajo a mis demás empleados. Les dije que el único dinero que me quedaba, tras todas mis desgracias, lo tenía en una cuenta de ahorros y que, con gusto se los ofrecía a cambio de mi libertad para resolver de una vez el asunto. Creo que un poco decepcionados y cansados de mis tristes historias, se despidieron, no sin antes anotar los teléfonos de mi casa, de mi oficina, de mis padres y de mis amigos ciclistas, de los cuales tampoco me quisieron dar ningún detalle de lo que les había pasado.

Al comenzar la tarde, después de un suculento almuerzo casero, me trajeron la toalla, una sudadera, dos pares de calzoncillos tipo "tanga", los unos con figuritas de ajedrez y los otros con leones, cebras, elefantes y jirafitas, un jabón de baño, cepillo y crema dental. Además, asumo que por mi buen comportamiento, me quitaron las esposas, a raíz de lo cual, a modo de chiste, les comenté a mis celadores (quienes ya habían escuchado la historia de mi vida, incluido el fracasado matrimonio) que ya me estaba acostumbrando a que "me quitaran las esposas".

La primera noche leí hasta que el sueño me pudo y a pesar de todas las aventuras del día, logré dormir plácidamente. Lo único que me despertó fue una enorme cucaracha voladora que a media noche me aterrizó casi en la cara. Prendí la luz rápidamente y logré matarla con uno de mis zapatos de ciclismo. Era mucho más grande, plancha y fea que las cucarachas normales, de las cuales también había muchas en la casa.

Día 2
Al día siguiente no me animé a bañarme y preferí seguir con la lectura. Les pedí a mis vigilantes algo con qué escribir y me dieron un bolígrafo "Kilométrico" y un cuaderno nuevo de 80 hojas, pero me advirtieron que no podría llevármelo cuando recobrara la libertad y que sólo me llevaría lo que tenía puesto cuando llegué. Desconsolado con la noticia, resolví dibujar un almanaque en la primera página, comenzando con la semana de mi captura y encerré entre cuadrados los domingos y festivos que recordaba, con la idea de ir tachando los días que durara mi cautiverio. También anoté todos los teléfonos que recordaba para que no se me olvidaran, pero por precaución les invertí algunos dígitos. Recorté un pedazo de papel y en él anoté mi nombre completo, mi cédula, dirección, teléfono, tipo de sangre y un mensaje para mis hijos en caso de que me mataran. Lo doblé y lo guardé en el bolsillo trasero de la sudadera aprovechando que tenía cierre.

Comenzando la tarde tocaron la puerta de la casa mientras mi vigilante hacía su siesta. Yo estaba concentrado en mi lectura, pero viendo que seguían tocaron sin que mi guardián se despertara, ni siquiera ante mis gritos, no me quedó más remedio que entrar a la "pieza prohibida" a despertarlo, y tremenda sorpresa para ambos, pues el hombre se había quedado dormido sin el pasamontañas y, por supuesto, le vi su cara descubierta! Y a partir de ese momento, aunque sólo estuvo conmigo la primera semana, nos hicimos grandes amigos. Él fue quien me regaló el cuaderno y, tan pronto terminé los dos primeros libros, me consiguió otros dos con una amiga suya. Me contó que le decían "Gomelo"* y me enseñó varios juegos mientras yo le enseñaba matemática hexadecimal y operaciones con números binarios.

A partir de ese incidente, ni Gomelo ni ninguno de los otros muchachos que posteriormente se encargaron de cuidarme, se volvieron a molestar en taparse la cara ante mi presencia. Sin embargo, aunque para mí era mucho mejor tratar con personas y no con encapuchados, a veces me pasaba por la mente la posibilidad de que me mataran por haber visto o sabido lo que no debía.

Ese mismo día llegó una jovencita de 15 años apodada "La Diabla" quien, en adelante, sería la encargada de preparar mis comidas que hasta ahora, según me confesaron mis vigilantes, habían sido "donadas" por los habitantes del barrio a modo de "vacuna", al igual que las comidas para mis vigilantes y sus compañeros. Ese mismo día nos llevaron una parrilla eléctrica de dos puestos para estrenar, un par de ollas, tres platos hondos, tres tazas, tres cucharas, y el mercado: papas, plátanos, arroz, pastas, panela, sal, azúcar, aceite, huevos, etc.

Mi retiro espiritual...
Desde hace mucho tiempo, había querido hacer un alto en mi camino y "reconocerme", ya que por la rutina de un matrimonio de casi 20 años en el cual la comunicación prácticamente no existió, se me olvidaron mis sueños de juventud, se me acabaron las metas por alcanzar y, aunque traté de buscar nuevos caminos espirituales para encontrarle el sentido a mi vida, no encontré en mi familia el apoyo necesario para recorrer dichos caminos.

Aunque no he sabido absolutamente nada de mi familia, cada vez estoy más convencido que este secuestro, al menos para mí, ha sido una verdadera bendición. Tal vez sean las vacaciones más costosas de mi vida, pero probablemente sean las más provechosas. Tan pronto comencé a leer el primer libro (El Caballero de la Armadura Oxidada), empecé a recibir las claves, una por una, para realizar mi "retiro espiritual"...

"Una persona no puede correr y aprender a la vez"
"Todos estamos atrapados por alguna armadura"
"No podéis continuar viviendo y pensando como lo habéis hecho hasta ahora"
"La gente no suele percibir el sendero por el que transita"
"Cuando aprendas a aceptar en lugar de esperar, tendrás menos decepciones"
"Debes admitir que siempre has tenido miedo de estar solo"
"Reconoce que durante la mayor parte de la vida, no has escuchado realmente a nadie ni a nada"
"Quizá siempre os habéis tomado la verdad como un insulto"
"Un hombre vale, no por los triunfos que haya acumulado, sino por las veces que se haya levantado de sus fracasos".

Al terminarlo, quedé convencido de lo que dice la contraportada: "Es mucho más que un libro, es una experiencia que abre nuestra mente, que nos llega al corazón y alimenta nuestra alma". Nos enseña que debemos liberarnos de las barreras (la armadura) que nos impiden conocernos y amarnos a nosotros mismos para poder ser capaces de dar y recibir amor. Al llegar a la última página, uno está convencido que la vida es buena y que, con amor, es realmente maravillosa. Y sólo tras derramar muchas lágrimas, podemos "oxidar" y liberarnos de la armadura.

Al finalizar el segundo día ya me había leído los dos libros, temiendo que mi liberación fuera tan rápida que no alcanzara a hacer el seminario completo y tuviera que regresar a mi monótona rutina diaria. Aunque el ambiente de aislamiento era propicio, no fue fácil sensibilizar mi corazón (quitarme la armadura, como lo debía hacer también el caballero). Según el libro, una de las condiciones para lograrlo era el silencio y yo tenía que meditar y tratar de concentrarme en medio de los vallenatos a todo volumen que sonaban en el equipo de sonido de la Diabla, pero finalmente me pude relajar y conectar con el espíritu de mis padres e hijos... Sentí el profundo dolor que había en sus corazones por mi desaparición, lloré y logré sensibilizar mi corazón, como lo hizo el Caballero: "no por su dolor sino por el dolor de sus seres queridos". "Las lagrimas de autocompasión no te pueden ayudar. No son del tipo que a tu armadura puedan eliminar".

No sé si mis secuestradores buscaron en algún momento mis pastillas antidepresivas pero lo único cierto es que hasta ahora no me las han traído, y ya me hice a la idea de que debo sobrevivir sin ellas y mantener alto mi estado de ánimo y baja mi ansiedad, lo cual parecería poco fácil en mi situación pero hasta ahora lo he logrado. En ocasiones, incluso he tenido que animar a mis vigilantes que, al igual que yo, deben permanecer encerrados casi las 24 horas de los 7 días de la semana, sólo cocinando, escuchando vallenatos o conversando conmigo ya que, con excepción del Gomelo, a ninguno le gusta leer.

A pesar de la falta de almohada y de cobija, he podido seguir durmiendo relativamente bien todas las noches. Descubrí que colocando los zapatos debajo del colchón, puedo simular una almohada, y a falta de una sábana adicional, uso mi toalla para no tener que apoyar la cara directamente sobre el sucio colchón. Cuando voy a leer, meto también el casco de ciclismo entre el colchón y así me queda una almohada más alta. Lo único que me hacía falta era una almohada para abrazar, a la cual me había acostumbrado desde que me implantaron la prótesis en el hombro. Sin embargo, a los pocos días me consiguieron una sábana adicional, para no tener que dormir directamente sobre el colchón, y un par de almohadas: una para mí y otra para mi hombro, pero viendo que mis pobres vigilantes no tenían cama y debían acomodarse en una pequeña colchoneta en el suelo del deck, casi el uno sobre la otra y sin almohada siquiera, resolví más bien que la almohada extra la usaran ellos.

En la casa de atrás, la que queda debajo del deck, vive una familia con, al menos, dos niños a quienes la mamá llama insistentemente todas las noches a las ocho para que se entren a acostar. Los vecinos del segundo piso son supremamente silenciosos y sólo de vez en cuando se oyen sus voces o pisadas. Cuando prenden el televisor, le ponen tan poco volumen que es casi imperceptible (y yo con tantas ganas de oír las noticias).

Día 3
En la madrugada del tercer día, mis vigilantes aprovecharon el equipo de sonido de la Diabla para sintonizar en el radio el noticiero "Cómo amaneció Medellín" y, para mi sorpresa, dieron la noticia de mi secuestro. Me enteré que mis dos compañeros aparentemente pudieron fugarse del taxi que los traía. Ojalá hayan quedado ilesos y hayan podido avisar a mi familia y buscado las bicicletas que dejamos abandonadas en el sitio del secuestro, sólo acompañadas por "Lucas", el perro labrador negro que, desde hace varios años, siempre nos acompañaba a montar en bicicleta.

Salvo las armas que cargan los mandos superiores, mis vigilantes sólo tienen un "ocho" (un revolver calibre 38) que mi amigo Gomelo me enseñó cómo se desarma para limpiarlo, cómo se carga y cómo se debe disparar para tener una buena puntería. Recuerdo que el primer día, en el suelo de "mi pieza", había una especie de "salchichón" junto con un alambre y unos tubitos que resultaron ser estopines eléctricos para hacer explotar la dinamita (el salchichón). Eso sí, les pedí encarecidamente que, por favor, guardaran esas cosas en otra parte, ya que fumaban tranquilos y botaban al suelo las colillas encendidas.

La pólvora nocturna...
También me llamó la atención que casi todas las noches quemaban pólvora en el barrio (principalmente tacos y papeletas), tanto que les pregunté a mis vigilantes si sabían qué era lo que estaban celebrando los vecinos. Ellos se rieron de mi inocencia y me explicaron que no era precisamente pólvora sino tiros de fusil, de "charangas", de ametralladoras y explosiones de granadas (supuestamente en la lucha que mantenían sus compañeros contra la guerrilla).

La Diabla me contó que era la primera vez que le tocaba cuidar a un secuestrado y que su trabajo normal, al igual que el de la mayoría de sus compañeros, consistía en hacer guardia en parejas las 24 horas del día en distintos puntos estratégicos del barrio, relevándose cada 4 ó 6 horas: Uno de ellos se encarga del radio, por el que se comunican con sus compañeros, y el otro debe manejar "el recurso", que generalmente es un "ocho" o una pistola, pero a veces puede ser una escopeta, un fusil o una "charanga", que según me explicaron, es una especie de escopeta o "changón" de varios tiros.

Las granadas, metralletas y ametralladoras "M-60", las utilizaban principalmente para el combate. Mis vigilantes se ufanaban constantemente de pertenecer a las AUC y me decían que el ejército les suministraba las armas y les daba entrenamiento.

Como ven, rápidamente logré establecer excelentes relaciones con mis vigilantes, a quienes prefiero seguir llamando mis "cuidanderos". La verdad es que me han tratado como a un príncipe: Todos los días me traen el desayuno, el almuerzo y la comida a la cama y cada vez que termino un libro, me traen de sus casas o de las de sus familiares o amigos, justamente los libros que sólo una Mente Superior me pudo haber enviado.

Antes de finalizar la primera semana llegó un muchacho de 19 años al que le dicen "Guineo", quien reemplazó como vigilante a mi amigo Gomelo. Según supe, él es el parejo oficial de la Diabla y en adelante, junto con ella, serían mis vigilantes oficiales.

Mientras estoy despierto siempre trato de concentrarme, no sólo en la lectura, sino en descubrir dónde estoy: Procuro escuchar e interpretar todos los ruidos del barrio, el paso de los aviones, las conversaciones de mis vigilantes, de los vecinos, etc., y con el fin de determinar exactamente los puntos cardinales, todos los días analizo el desplazamiento de las sombras y de los rayos del Sol que se filtran a través de las latas de zinc.

Me di cuenta que las campanas de la iglesia son una grabación y se escuchan bastante cerca, al igual que el parlante de la acción comunal, con el que los primeros días de mi secuestro organizaron una fiesta para animar las vacaciones de los niños del barrio. Al analizar la inclinación de las sombras, la hora marcada por mi reloj y los desniveles del terreno que había logrado ver al bajarme del taxi y a través de las sábanas del deck, concluí que la casa estaba a una altitud sobre el nivel del mar de 1,600 metros aproximadamente y su orientación debía ser con la cocina hacia el norte y el deck hacia el sur. Al principio creí que estaba en el Barrio París, en los límites de Medellín con Bello, pero todo parece indicar que estoy mucho más al sur, hacia el centro del Valle de Aburrá, tal vez en la parte alta del barrio La América*.

El primer traslado...
Desde hace una semana estamos en otra casa, situada a unas dos cuadras de la primera. Supuestamente nos trasladamos por motivos de seguridad aunque personalmente no percibí nada distinto a las balaceras cotidianas. A veces creo que fue por la gran acogida que tuvo la comida de la Diabla entre sus jefes y compañeros que consideraban la primera casa como su restaurante.

El trasteo fue a media noche y lo hicimos entre el Guineo, la Diabla y yo. Me pusieron un pasamontañas al revés para que no viera para dónde íbamos y caminando de gancho de la Diabla, subimos hasta el final de la cuadra donde una semana antes me habían bajado de la maleta del taxi, luego volteamos a la derecha y bajamos unos 40 metros por un sendero peatonal lleno de recovecos y escalones. Al llegar, la casa estaba completamente desocupada y oscura, así que, por ser el más alto de los tres, me tocó colocar los bombillos que previamente le había quitado a la primera casa: el primero lo coloqué en mi pieza, otro en la cocina y el tercero en el baño. ¡Qué maravilla tener un baño iluminado!

El Guineo tuvo que hacer varios viajes entre las dos casas para poder traer mi cama desarmada, la cocineta, el mercado y la colchoneta en la que duerme con la Diabla.

Cuando amaneció, comencé a hacer el reconocimiento de mi nuevo hogar con la luz del día. Se suponía que no podía entrar a la pieza de mis cuidanderos, y mucho menos acercarme a la ventana, pero cuando el Guineo me lo dijo, ya era demasiado tarde, pues ya me había asomado y visto todo lo que había para ver: De frente (hacia el Norte), sobre otra "montonera" de casas similares a las que veía ocasionalmente entre las sábanas del deck, se ven las montañas por las que va la carretera que conduce de Medellín a San Pedro y muy claramente el cerro de las antenas (Serranía de las Baldías) localizado en el corregimiento de San Felix, a la derecha del Boquerón, y mirando a mano derecha (hacia el Oriente) alcancé a reconocer unos edificios residenciales, así que ya no me quedan dudas sobre la zona en la cual me encuentro retenido: De acuerdo con los nuevos datos topográficos recopilados durante el trasteo nocturno, concluyo que la calle donde me dejó el taxi sube de oriente a occidente por el filo de una colina entre dos cañadas: la de la primera casa hacia el sur y la de la segunda hacia el norte, y por el número de la puerta que había logrado ver a una de las casas, calculo que estoy a unas 30 cuadras al occidente del Parque de La América.

Al igual que la casa anterior, también tiene un letrero manuscrito en cartulina, pegado a la puerta, anunciando que se arrienda. Las paredes son de cemento, lo mismo que el piso y el techo, y aunque no están pintadas, parecen haber recibido una primera lechada de cal. En general, la casa tiene mucho mejor aspecto y es un poco más amplia e iluminada que la otra. Al entrar se llega a un pequeño cuarto que conduce a mano derecha, con la pieza de mis cuidanderos y de frente a un corredor que comunica con mi pieza y desemboca en la cocina, el lavadero y el baño. A mano izquierda del corredor (frente a mi pieza) hay una pequeña ventana a la altura de la cabeza, por la cual sólo se ve el muro de la casa vecina, pero entre las 9 y 10 de la mañana, cuando el cielo está despejado, alcanzo a tomar un breve "baño de sol".

A diferencia de la casa anterior, ésta tiene dos puertas: La entrada principal y otra de madera en la cocina cuya única seguridad era una pequeña aldaba. Creo que mis captores estaban tan confiados, en que si lograba huir no avanzaría más de una o dos cuadras, que esto nunca los preocupó.

El baño tampoco tenía puerta y la ducha, como de costumbre, también queda sobre el inodoro, así que la primera vez que me bañé, aproveché para limpiarlo (con el pié) y organizar una cuerda para que la Diabla pudiera poner a secar su ropa interior. Para sostener el papel higiénico le hice un soporte con un trozo de pita y el eje de una llanta de bicicleta que estaba tirado en el piso de la cocina. Gracias a que el Guineo pidió dos "Prestobarba" en el mercado (para afeitarse su incipiente barba) he podido afeitarme varias veces. Ya aprendí a lavarme el pelo con jabón REY, a afeitarme sin espuma y sin espejo, y a peinarme con la sombra que produce el bombillo de mi pieza sobre la pared.

Se me olvidaba contarles que mi cama no resistió el trasteo. Al tratar yo mismo de armarla, con la poca ayuda de mi brazo derecho, le reventé la platina que fijaba uno de los largueros con el espaldar, pero a la larga, esto fue una bendición.

El colchón lo extendí en el suelo, al igual que el de mis cuidanderos, y ya no tuve que preocuparme más porque se le corrieran las tablas. El espaldar, que era un gran arco metálico vinotinto con una serie de bastones en tubería más delgada que formaban una especie de abanico, lo aproveché para colgar toda mi ropa y el casco de ciclista, el cual resultó ser exactamente del mismo color que la cama, y dentro del casco guardé todas mis pertenencias: el cepillo de dientes, un peine, la Prestobarba, el desodorante y el bolígrafo Kilométrico. Con la baranda de los pies improvisé una puerta para el baño que, a su vez, servía para colgar y poner a secar la toalla y con la platina reventada hice una especie de "pié de amigo" para sostener abierta la pequeña ventana en la que tomo mis baños de sol y evitar tener que respirar todo el día el humo de los cigarrillos del Guineo.

La sudadera la estoy usando de pijama y la pantaloneta de ciclismo para "el diario". Los calzoncillos nuevos sólo los uso mientras lavo los míos ya que no me acostumbro a su diminuto tamaño. Generalmente permanezco descalzo así que no ha sido problema tener un sólo par de calcetines, aunque sí me arrepiento no haber aceptado las "chanclas" que me ofrecieron el primer día. Últimamente he estado trotando, mejor dicho brincando estilo aeróbicos, y haciendo abdominales un rato en las mañanas y, de resto, mi vida se reduce a dormir, leer, escribir, meditar, comer y lavar los platos, que aunque no es mi obligación, al menos me entretengo y me voy "ganando" a mis cuidanderos, especialmente a la Diabla.

También he aprovechado todos estos "días de colchón" para hacerle fisioterapia a mi hombro. Poco antes del secuestro me hice tomar unas radiografías donde aparecieron nuevamente los trozos de hueso que conformaban la cabeza del humero, los cuales habían sido cosidos alrededor de la prótesis y se creía que el cuerpo los había absorbido, ¡pero no! Se están calcificando de nuevo y tal vez algún día, mediante otra operación, logre recuperar mayor movilidad en mi hombro. Además de escribir me he ideado otros ejercicios en los cuales no tengo que mover mucho la articulación pero sí fortalecen o estiran los músculos que levantan o rotan el brazo.

Mi biblioteca...
Mi biblioteca ha venido creciendo gracias a mis nuevos amigos, y especialmente a la Diabla que me consiguió cinco libros más donde su tía. Hasta ahora la conforman nueve libros, la mayoría de auto superación y crecimiento personal, los cuales, a falta de muebles, permanecen en el suelo al pié de mi colchón:

1. El Caballero de la Armadura Oxidada de Robert Fisher
2. ¿Quien se ha llevado mi queso? de Spencer Johnson MD
3. La Fuerza de Sheccid de Carlos Cuauhtémoc Sánchez
4. Juventud en Éxtasis de Carlos Cuauhtémoc Sánchez
5. Ética para Amador de Fernando Savater
6. Caminar sobre las Aguas de Anthony de Mello SJ
7. 365 Claves para ser Feliz de Marcela Manrique (Circulo de Lectores)
8. Un Pavo Real en el reino de los Pingüinos
9. La isla misteriosa de Julio Verne

Voy a resumirles de qué se trata el segundo libro: En un enorme laberinto vivían muy contentos dos ratoncitos y dos hombrecitos (KIF y KOF). Hacía mucho tiempo habían encontrado una quesera abandonada, de la cual obtenían su sustento hasta que un día se dieron cuenta que todo el queso había desaparecido; sin darse cuenta, se lo habían ido comiendo poco a poco. Tan pronto vieron que el queso se había acabado, los ratoncitos no lo pensaron dos veces y comenzaron a recorrer nuevamente el laberinto en busca de más alimento, pero los hombrecitos, en especial KIF, no estaba preparado para afrontar que se le hubiera terminado el queso.

El laberinto es el mundo real con sus zonas desconocidas y peligrosas, callejones sin salida y oscuros recovecos, y el queso es la felicidad, el trabajo, el dinero, el amor.... El libro nos muestra cómo KOF fue capaz de aceptar el hecho y reaccionar al cambio, decidiendo por fin, al igual que lo habían hecho los ratoncitos, recorrer el laberinto hasta encontrar nuevamente el queso que necesitaba para sobrevivir.

Creo que, de haber leído este libro el año pasado, me hubiera adaptado mejor al cambio que tuve que afrontar en mi empresa y a los cambios que se presentaron en mi hogar y en mi vida (tal vez no me hubiera comportado como KIF). La enseñanza es que de ahora en adelante, al igual que KOF, debo estar prevenido y preparado para afrontar los próximos cambios que se me presenten en la vida y verlos como oportunidades y no como calamidades.

Los siguientes dos libros que leí fueron "La fuerza de Sheccid" y "Juventud en Éxtasis", los cuales ya había tenido el gusto de leer hace unos cinco años o tal vez más. "La Fuerza de Sheccid" (Los ojos de mi princesa) es una historia real de amor y superación, vivida por el autor en su adolescencia, y "Juventud en Extasis" afronta el tema del noviazgo y del sexo, proporcionando las armas para tomar las mejores decisiones en sus relaciones íntimas y las herramientas para fundamentar una relación constructiva y duradera.

Ambos libros me hicieron revivir y analizar todas mis relaciones de pareja. Recordé mis sueños de juventud, en los que imaginaba mi "mujer ideal" (mi Sheccid) llena de cualidades y virtudes. Y gracias a ese amor platónico, sin conocerla todavía, yo luchaba, evitando los vicios y las malas compañías, por alcanzar las mismas cualidades y virtudes que le admiraba en mis sueños, y así poder merecerla algún día.

Desde que leí por primera vez a Carlos Cuauhtémoc ha sido uno de mis autores favoritos, pues no sólo me parece un excelente novelista, sino que me identifico plenamente con sus ideales, valores y principios éticos, más que con ningún otro autor. Creo haber leído todos sus libros: "Juventud en Éxtasis", "Un grito desesperado", "Volar sobre el pantano", "La última oportunidad", "La fuerza de Sheccid" y "Contraveneno". Este último lo leí tan sólo hace unos meses y trata de los graves conflictos que suele producir una separación y del duelo que debe hacerse para curar las heridas. Recuerdo que cuando leí "Juventud en Éxtasis" por primera vez, lo hice antes de leer "La Fuerza de Sheccid", porque en ese orden fueron publicados, sin embargo, ahora que los leí al contrario, creo haberles sacado mucho más provecho.

He estado maquinando varias artimañas para poder llevarme mi cuaderno el día de mi liberación, pues en él, además de esta especie de diario, he ido tomando notas y copiando las frases más importantes que he ido extractando de los seis maravillosos libros que he leído hasta hoy...

¿Habéis confundido la necesidad con el amor?
Sólo podéis amar a otros en la medida en que os améis a vos mismo.
Debes reconocer que tú eres el único culpable de todos tus errores y desgracias, y nunca más debes culpar a nada ni a nadie por ellos.
El conocimiento de ti mismo es la luz que iluminará tu camino.
La diferencia entre los grandes hombres y los mediocres estriba en que los primeros han imaginado la clase de vida que quieren, y se han planteado un código de normas para conseguirla.
La TV y el cine alaban el sexo ilegal y la pornografía, presentándolos como lo más extraordinario de la vida. Las canciones, las revistas, todo el ambiente, nos gritan para que demos rienda suelta a las pasiones. Los jóvenes que se mantienen firmes, que se niegan a jugar con los demás, a beber alcohol, a fumar, a tener sexo por simple placer, a hacerse daño a sí mismos, no son maricones como suelen gritarles los demás. ¡Son verdaderos hombres de los que cada vez hay menos!
¡Rodéate de gente que tenga los mismos Valores que tú y convéncete de que eres una persona de gran importancia!
Existen toda clase de mujeres y cada quien se enlaza a aquella con cuyos Valores se identifique.
Los Valores mantienen en pié a la sociedad, permiten la unión de las familias y le dan sentido a la amistad y al amor.
Los Valores no tienen que entenderse, basta acogerlos en el corazón y vivirlos.
Ten confianza en ti mismo, en la inteligencia que te permitirá ser mejor de lo que ya eres, y el instinto de tu amor que te abrirá a merecer la buena compañía.
Ser capaz de prestarse atención a uno mismo es requisito previo para tener la capacidad de prestar atención a los demás.
No hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti. Todo lo que hagas a otros, te lo haces también a ti mismo.
No siempre hagas a los demás lo que desees que te hagan a ti. Ellos pueden tener gustos diferentes.
El primer perjudicado, cuando intentas perjudicar a tu semejante, serás precisamente tú mismo.
El que colabora en la desdicha ajena o no hace nada para remediarla, que luego no se queje de que haya tantos 'malos' sueltos.
Reconocer a alguien como 'semejante' implica, sobre todo, la posibilidad de adoptar por un momento su propio punto de vista y poder tomar en cuenta sus derechos y comprender sus razones.
Para entender del todo lo que otro puede esperar de ti, no hay más remedio que amarle un poco.
Ponerte en lugar del otro es hacer un esfuerzo de objetividad por ver las cosas como él las ve, pero sin echar al otro y ocupar tú su sitio, o sea que él debe seguir siendo él y tú tienes que seguir siendo tú.
Todo hombre tiene derecho a que alguien intente ponerse en su lugar y trate de entender lo que hace y lo que siente.
Sólo cuando se conoce exactamente para qué sirve algo, se puede juzgar como 'bueno' o 'malo' y ya que no sabemos a ciencia cierta, para qué sirven los seres humanos, no se les puede determinar exactamente cuáles son 'buenos' y cuáles son 'malos'.
Responsabilidad es saber que cada uno de mis actos me va construyendo, me va definiendo, me va inventando.
Todas mis decisiones dejan huella en mí mismo antes de dejarla en el mundo que me rodea.
La recompensa de la acción virtuosa es haberla realizado.
Todos los seres humanos estamos hechos de la sustancia con la cual se trenzan los sueños.

Espero no haberlos aburrido ya que tengo muchas más frases entre el tintero sobre otros temas. A mí me han impactado al leerlas, las fui anotando en mi cuaderno y luego las he agrupado por temas sin importar en qué libro o capítulo estaban.

Día 15
Hoy es miércoles 10 de Julio y por primera vez amanecí un poco deprimido, pero sé que me tengo que sobreponer... El motivo es que anoche me visitó por segunda vez uno de los dos jefes que me había entrevistado el día del secuestro y, sin ningún preámbulo, me preguntó cuál era el apodo que me tenía mi mamá desde pequeño. Se lo dije y él lo anotó cuidadosamente en su libreta. Pero quedé triste porque me dio la impresión de que las conversaciones con mi familia no han avanzado a la velocidad que yo hubiera querido ya que veo que, después de 15 días de cautiverio, apenas están comprobando mi supervivencia. Me temo que la situación anímica y emocional de los míos, al no saber que estoy bien y tranquilo, los debe tener al borde de la locura. Me pregunto si mis padres habrán tenido que suspender la fiesta de sus bodas de oro o las vacaciones en la finca, que tanto mis hijos como sus primos, que debían haber llegado de Washington el día de mi secuestro, habían soñado pasar juntos y en paz. Le pido a Dios que le dé salud y fortaleza a mi madre para soportar esta pena.

Y para empeorar la situación, el Guineo y la Diabla han comenzado a pelear entre sí. Los pusieron juntos porque supuestamente son novios o al menos "se gustan", pero no faltan los celos, los chismes y la falta de madurez, aparte de que no es fácil vivir encerrado día y noche. La Diabla me ha confesado que realmente está enamorada de otro muchacho, al que le dicen "Piltrafa" pero cree que lo tienen en la cárcel y no ha logrado comunicarse con él. Yo he tratado de orientarlos y de aconsejarlos, tanto juntos como individualmente y, aunque siento una verdadera amistad por ambos (supongo que sea el Síndrome de Estocolmo), me temo que no son compatibles. A propósito, a medida que me he ido ganando la confianza de mis cuidanderos, ha ido cambiando también la forma en que ellos me llaman: Al principio me decían "cucho", luego "señor", después "Jorge" y últimamente me dicen "tío", y la verdad es que he aprendido a verlos como a dos más de mis sobrinos.

Como novedad, la Diabla resolvió venderle el equipo de sonido a uno de sus jefes y éste, a cambio, quedó de conseguirnos un televisor. La Diabla me había contado que nunca tuvo buenas relaciones con sus padres; desde que nació siempre vivió con su abuela (recién fallecida) y con una tía (diez años mayor que ella, que acaba de graduarse en la universidad). El equipo de sonido fue el "regalo" de su papá cuando cumplió los quince años. Sin embargo, parece que era él quien lo disfrutaba realmente, tanto que la regañó por habérselo llevado "para el trabajo" cuando comenzó mi cautiverio.

Me imagino pues, que una de las razones que tuvo la Diabla para salir de una de sus más costosas pertenencias, fue como venganza hacia su padre y la otra, creo que pudo haber sido la "competencia desleal" que el equipo de sonido de los vecinos de la nueva casa ejercía sobre el suyo: Me contaba el Guineo que, con frecuencia, lo utilizaban en los eventos cívicos o deportivos del barrio.

Día 16

Esta tarde nos trajeron el televisor; es en colores pero no tiene antena ni enchufe y sólo tiene 12 canales programables en las bandas de VHF y UHF, así que me tocó hacer la primera "labor electrónica" de mi cautiverio: Con la ayuda del único cuchillo que tenemos y con un par de cartones, más un pedazo de alambre de colgar ropa, le acabo de hacer una antena, así que por primera vez me estoy dando el lujo de ver a Tele Antioquia y escuchar algo diferente a los vallenatos, que de tanto oírlos ya me los estoy empezando a aprender (a mis hijos les encantan y para ellos va a ser una grata noticia que ya los soporte).

La Diabla es una excelente ama de casa, ya que, desde muy pequeña, le tocó ayudar en la cocina a su abuela y a su tía. Se preocupa por mantener aseada la cocina y de barrer diariamente la casa, en especial las colillas del Guineo y los restos de comida; varias veces en la semana les pide una escoba trapeadora a los vecinos, prepara una jabonadura y deja reluciente todo el piso de la casa.

A pesar de los pocos utensilios de cocina de que disponemos, siempre trata de prepararnos comidas variadas y nutritivas: arroz, lentejas, frijoles, espaguetis, papas fritas, tajadas de maduro, huevos revueltos, sardinas, atún, galletas, arepas, agua panela, café, chocolate, jugo, mandarinas, etc. Para comer, sólo disponemos de un plato hondo y una cuchara sopera cada uno (los tenedores, cuchillos y servilletas no existen), así que, sentados en el suelo y ayudados con los dedos, diariamente degustamos las viandas que nos prepara la Diabla de desayuno, almuerzo y comida. La única responsabilidad de Guineo, además de vigilarnos a mí y a la Diabla (para que no se vaya a callejear), es conseguir lo que haga falta de mercado, con el previo permiso de sus jefes.

Ya me estoy acostumbrado a los continuos tiroteos, tanto de día como de noche, y con la asesoría del Guineo, estoy aprendiendo a reconocer de qué clase de arma provienen. Es increíble la naturalidad con la que los habitantes del barrio se han acostumbrado a convivir con la guerra. Por más cerca que se oigan las explosiones, nunca se oyen quejidos ni gritos y pareciera que todos siguen su vida normal. Ni los niños interrumpen sus juegos ni los gallos dejan de cantar. A propósito, me ha llamado la atención la forma en que se relevan los niños y los gallos: cuando entra la noche y finalmente se callan los niños comienzan a cantar los gallos (desde las 9 ó 10 de la noche) y tan pronto dejan de cantar los gallos en la mañana, comienzan los niños a jugar nuevamente.

Día 17
Hoy es jueves 11 de Julio y amanecí nuevamente optimista a pesar de los tiroteos de anoche en los que mataron a un compañero de mis cuidanderos. Al pié de mi colchón también amaneció otro cadáver, pero no se asusten que se trata de una cucaracha que, no sé por qué, quiso venir a morir a mi lado. Les juro que no la maté.

Voy a transcribirles una historia de mi quinto libro "Caminar sobre las aguas" de Anthony de Mello que me viene como anillo al dedo:

"Sabe padre, yo comencé a vivir realmente después de que quedé paralítico; por primera vez en la vida tuve tiempo de mirarme a mí mismo, ver mi vida, mis reacciones y pensamientos; mi vida se volvió mucho más profunda, rica y atractiva que antes".

¿No es admirable que un paralítico haya encontrado la vida y tantas personas que andan libremente de un lado a otro no la encuentran por estar paralizados por dentro?

Creo que todos necesitamos un golpe que nos haga despertar y replantear nuestra vida. A través de las penas es que podemos alcanzar los placeres de la vida, siempre contiguos a los dolores. Y a propósito de placeres, conocí el significado de la palabra "templanza": Es el arte de poner el placer al servicio de la Alegría. Aquí van una serie de frases relacionadas con la alegría, la felicidad y el placer...

La mayor gratificación que puede darnos algo en la vida, la recompensa más alta que podemos obtener, sea de lo que sea, es Alegría.
Estar alegre no necesariamente significa estar eufórico o tener sensaciones de placer o diversión.
Debemos liberarnos de la ilusión de que necesitamos ser apreciados, estimados, tener éxito, prestigio, honra, poder o prosperidad para ser felices. Sólo hay una necesidad: Amar.
El amor no es el calmante de nuestra soledad.
El amor no es dependencia, y no podemos depender unos de otros para ser felices.
La mayor tragedia de la vida es que nos la perdemos por estar ocupados en tratar de impresionar, en tener éxito y posesiones materiales, y la vida pasa junto a nosotros, sin darnos cuenta de lo que nos estamos perdiendo.
La verdadera felicidad no puede ser causada por alguna cosa.
La felicidad únicamente se da al luchar por tu familia, por tu trabajo, por el país que tienes, no porque sean los mejores sino porque te pertenecen y tú haces parte de ellos.

Ayer en la mañana, cuando estuve un poco decaído, traté de recordar los momentos más felices de mi vida y no se imaginan la emoción que me dio recordar los primeros días de mis hijos... Recuerdo que a mi primer hijo lo acostaba boca abajo sobre mi pecho, lo abrazaba y me sentía tan feliz, supongo, como se debe sentir una mamá con su hijo recién nacido. ¡Y pensar que ya está de mi estatura!

Curiosamente, el momento más feliz de mi vida, que con sólo pensar en él se me agita el corazón y se me encharcan los ojos de emoción, no ha llegado todavía pero cada día lo veo más cerca: se trata del reencuentro con mis dos hijos. Es por lo único que quiero terminar este "seminario". Es increíble cómo puedo ser tan feliz aquí encerrado con sólo recordar o pensar en tan bellos momentos...

Esta mañana, como de costumbre, estuve trotando un buen rato y descubrí que en lugar de tener que hacerlo en el mismo sitio, puedo darle vueltas al corredor o a mi pieza alrededor del colchón, doblándolo y colocándolo en el centro, gracias a que ya no existe la cama. Trotar así resulta mucho más placentero y para no marearme puedo hacer "ochos", cambiar el sentido de los giros o entrar y salir de mi pieza, desde y hacia el corredor, cada determinado número de vueltas.

Ya son casi las 4 de la tarde del jueves y la Diabla salió para su casa a visitar a su tía. Le pedí el favor de que tratara de buscarme más libros, pues ya me leí todos los que tenía. El último fue "La isla misteriosa" de Julio Verne. Me encantó la forma en que, al final de la novela, se reencontraron los náufragos con los personajes de otros de sus libros que yo había leído cuando niño: con el capitán Nemo de 20,000 leguas de Viaje Submarino y con Roberto, uno de los Hijos del Capitán Grant.

Escribir tanto, ha sido un tremendo esfuerzo para mi brazo y mi hombro ya que debo hacerlo sentado o recostado en el colchón y sin ningún apoyo más que mi piernas o mis rodillas. Espero que no se me acabe muy pronto mi nuevo hombro por usarlo tanto, ya que el último especialista que visité el año pasado me recomendó que "lo usara poquito para que me durara bastante"...

Día 18
Hoy es viernes 12 de Julio, son las 9 de la mañana y no he podido trotar porque un par de "desplazados" invadieron mi pista de trote... Se trata del Guineo y la Diabla que decidieron cambiar su dormitorio para el corredor, creo que de miedo de una bala perdida de la batalla de anoche...

Llevo 18 días sin saber de mis hijos ni de mis padres y es lo único que me atormenta, pero para tranquilizarme, hago uso de mis sabias enseñanzas...

Sufrir significa dejarse llevar por el dolor, por la depresión, por la ansiedad. No podemos cambiar los acontecimientos, las personas ni las cosas que nos perturban pero sí la manera como reaccionamos ante ellos. Nadie ni nada tiene el poder de perturbarnos si nosotros no se lo permitimos.
Señor, dame la serenidad para aceptar las situaciones que no puedo cambiar, la gracia y el valor para cambiar las que sí pueda, y la sabiduría para distinguir la diferencia.

Acabo de trotar 60 minutos sin parar. Nunca en mi vida había trotado tanto y estoy muy contento de haber encontrado la manera de mantenerme en forma a pesar del encierro, así que voy a transcribirles algunas frases sobre la felicidad que tengo anotadas en mi cuaderno...

Es feliz el hombre que sabe extraer la felicidad de las condiciones en que se encuentra y no de las imaginarias.
El hombre más feliz es el que cree serlo.
El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace.
¡Si amas la vida, la vida te amará!
Si luchamos en los tiempos difíciles, sabremos sonreír en los fáciles.
No hay día más perdido que aquel en que no hemos reído.
No es raro que quien hace reír, se hace querer.
La vida no se nos ha dado para ser felices sino para merecerlo.
La felicidad no es un lugar para llegar sino una manera de viajar.
La grandeza del ser humano no está en no caerse nunca, sino en ser capaz de levantarse cada vez que se cae.
Nadie se encuentra la felicidad. ¡Hay que alcanzarla!
Los hombres no somos libres para elegir lo que nos pasa, pero sí de cómo responder a lo que nos pasa.
Ser libres para intentar algo, no tiene nada que ver con lograrlo indefectiblemente. No es lo mismo la libertad que la omnipotencia.
A la felicidad no se le pueden imponer condiciones.
Es imposible estar agradecido y no ser feliz.
Cuando el trabajo es un placer, la vida es felicidad, pero si el trabajo es una obligación, la vida es esclavitud.
Encuentra la felicidad en tu labor o nunca serás feliz.
Las muchas ocupaciones sirven de impedimento para alcanzar la felicidad.
La felicidad es amar lo que uno hace, así como hacer lo que uno ama.
Ser feliz significa ver el mundo como se desea.
Saca un tiempo para ser amable; es la ruta de la felicidad.
La felicidad no está en vivir, sino en saber vivir.
Estar contentos con lo que tenemos, es la mayor de las riquezas.

Son casi las 12 de la noche. Hoy he recibido noticias muy desalentadoras con respecto al fin de mi cautiverio. Mis cuidanderos insinúan que la demora ha sido porque mi familia no ha querido pagar, y desafortunadamente, yo tampoco he podido avisarles que estoy bien. Desde hace varios días, he estado tratando de convencer al Guineo y a la Diabla de que llamen a la casa de una gran amiga mía desde un teléfono público y le dejen la razón para mis hijos de que estoy bien, que sean valientes y que los quiero mucho, pero se mueren del miedo que los pillen sus jefes o que los teléfonos públicos estén interceptados. Voy a ver si mañana les puedo escribir una carta a mis secuestradores...

Día 19
Ya son las 3 de la tarde del sábado y ha sido un excelente día a pesar de mi preocupación de anoche. Pensé en reprender a mis secuestradores por su ineptitud en cobrar el rescate y liberarme, incluso pensé en responsabilizarlos de un posible "desenlace fatal" si por la demora en recoger el dinero que desde el primer día les ofrecí, y por no haberme conseguido mi droga psiquiátrica, yo cometía alguna "locura", y la verdad es que por momentos he contemplado la posibilidad de fugarme ya que, gracias a la confianza que me han tomado mis cuidanderos, no sería difícil, pero esta mañana cuando amaneció decidí más bien escribir una carta de una hoja por ambos lados, dirigida a "mis queridos hijos" y en general a "todos", la cual le fue entregada a uno de los mandos superiores esta mañana por el Guineo...

En la carta traté de plasmar todos mis sentimientos con la máxima "asertividad" posible, evitando lastimar o incomodar a alguien y "matando dos pájaros de un sólo tiro": Enviarles a mis hijos, familiares y allegados el mejor diagnóstico de mi estado de salud y anímico, y el mensaje a mis secuestradores que deseo y autorizo pagar el rescate (mis vacaciones) utilizando mis últimos ahorros. Espero que la carta llegue a su destino a más tardar el lunes (pasado mañana)...

Carta a mis hijos y a mi familia...

Medellín, Julio 13 de 2002

Hola mis queridos hijos. Hola todos:

Ojalá que estén tan bien y tranquilos como yo lo estoy. Estoy convencido de que Dios ha querido ponernos esta barrera para que aprendamos de ella. He leído y meditado muchísimo y he descubierto que para ser feliz, sólo basta saber extraer la felicidad de las condiciones en que nos encontremos y no de las imaginarias, que la vida adquiere sentido sólo a través del amor, que debemos aceptar con amor las situaciones que no podemos cambiar, debemos amar lo que hacemos y, si podemos, hacer lo que amamos.

Nada ni nadie tiene el poder de perturbarnos si nosotros no se lo permitimos, y no importa cuánto más dure esta separación, debemos aprovechar cada minuto para aprender a vivir.

Sentí mucho no haber podido estar en las bodas de oro de mis papás. Mil felicitaciones y muchas gracias por haberme enseñado con el ejemplo que el mayor tesoro en la vida no es el dinero sino el amor, y que el mayor placer es proporcionarlo a los demás. El bien mas grande que podemos hacer a otros no es compartir con ellos nuestra riqueza, sino ayudarles a descubrir la propia, es hacerlos sentir valiosos, es enseñarles a pescar en lugar de regalarles el pescado, es ayudarles a levantar su carga y no a llevársela.

Y pasando a cosas más mundanas, quiero que dispongan de mis pocos ahorros para cancelar estas costosas pero provechosas vacaciones. Además debo pagarle a la profesora y a las sicólogas de mi hijo. No quiero que suspenda las citas y ojalá que mi hija fuera también (hazlo por mí). Quiero enviarles muchas saludes a todos mis amigos, y muy especialmente a mis amigas, de quienes me he inspirado y obtenido la "fuerza" para salir adelante. Quiero que lean el libro "La Fuerza de Sheccid"...

Bueno, mil gracias por sus oraciones y pase lo que pase, los amaré por siempre...

Jorge A Restrepo

Esta mañana, antes de trotar la hora reglamentaria, tuve una conversación con la Diabla y Guineo sobre su conflictivo noviazgo. De tanto leer, estudiar y escribir ya me estoy volviendo un "experto" en el tema, tanto que estoy pensando en dictar un par de charlas en el Instituto donde he asistido a varios seminarios en los últimos años: una sobre las "experiencias positivas de un secuestro" y otra sobre "noviazgo, matrimonio y relación de pareja". Me asusto de sólo pensarlo, pero así como otros fueron capaces de superar sus obstáculos gracias a "la fuerza de Sheccid", ¿por qué no seré capaz de dictar un par de conferencias de todo lo que he aprendido?

En primer lugar les dije que todos debíamos tener en nuestra mente una "Sheccid" por quien podamos luchar en la vida, que sea "la pareja ideal" con la que podamos soñar y atribuirle todas las virtudes que admiremos en los mejores seres humanos que hayamos conocido y que quisiéramos, no sólo para ella sino para nosotros también. Pero al despertar, debemos ser realistas ya que no pueden existir seres perfectos más que en nuestra imaginación, y tampoco debemos pensar que, al escoger nuestra pareja, nos vamos a ganar la lotería. Cada quien se gana la pareja que se merece según sus propios méritos, así que si no hacemos nada por nosotros mismos, por ser mejores cada día, tendremos que resignarnos con alguien tan "pobre" o "valioso" como seamos nosotros... Nunca es tarde para empezar y nadie es siempre de la misma forma. El pasado no es definitivo y la gente puede cambiar el rumbo de su vida cada vez que se lo proponga, ya sea para bien o para mal.

Como dice Carlos Cuauhtémoc: "Dios no nos regala 'atributos individuales' sino 'paquetes de virtudes y carencias', de tal manera que todos tengamos las virtudes que compensen nuestras carencias y podamos triunfar con ellas. Nadie puede amar a quien no conoce y para conocer profundamente a alguien debemos analizar los tres niveles de su personalidad: la apariencia se conoce al ver a la persona, las actitudes al conversar con ella y los valores al vivir a su lado. El amor real no lleva prisa y está basado en el conocimiento profundo de la otra persona y en la aceptación total de sus virtudes y defectos. El verdadero hombre de bien se descubre en la forma de ganarse la vida, de tratar a sus seres queridos y en sus hábitos privados. Encuentra la misión que se te ha encomendado y lucha por ella sin más preocupación. Rodéate de gente que tenga los mismos valores que tú y convéncete de que eres una persona valiosa. Tu pareja llegará sola, cuando menos la esperes. Ten confianza en eso y, mientras tanto, preocúpate por ti. ¡No debes perder más tiempo!"

Día 20
Hoy es domingo 14 de Julio y ya casi termino con el cuaderno y con la tinta... He estado pensando que la ventaja de estar enamorado de "Sheccid" (la mujer de mis sueños), y no de una mujer de carne y hueso, es que no hay apego de ninguna clase. Y, particularmente en mi caso, qué mejor que tener una "novia virtual" durante mi secuestro, por la cual sólo siento amor y deseo de superación. No siento ningún dolor por ella ni ella lo siente por mí, porque no estamos separados. Ella vive en mi imaginación y siempre me acompaña...

En mi corazón brilla la estrella de mi destino y mi alma se tiñe del color de mis pensamientos.
El verdadero amor comienza cuando no se espera nada a cambio y, por lo tanto, nunca hace sufrir.
El apego y el instinto de propiedad son los sentimientos que producen dolor, y hay muchos que los confunden con el amor, pero son contrarios a él.

Carta a la mujer de mis sueños...

Medellín, Julio 15 de 2002

Querida mujer de mis sueños:

Perdóname por no llamarte con tu nombre pero, al momento de escribirte esta carta, todavía no tengo el gusto de conocerte o, al menos, no tan profundamente como para grabar definitivamente tu nombre de pila en mi corazón.

Quiero que sepas que tú me has inspirado y dado la fuerza necesaria para luchar día a día, año a año, evitando los vicios y las malas compañías, y tratando de alcanzar las mismas cualidades y virtudes que yo te admiraba en mis sueños de adolescente.

Te he querido toda mi vida con locura, te he imaginado con un cuerpo casi tan bello como tu alma, el cual ha venido creciendo hasta convertirte en la mujer más hermosa para mis ojos, sin haber perdido nunca la ternura, la alegría y la sencillez que tenías cuando niña...

Han pasado muchos años y en varias ocasiones he creído haberte encontrado en cada una de las mujeres a quienes he creído amar. En algunos casos las he idealizado, como Don Quijote a su amada Dulcinea, tratando de vivir en un mundo de fantasía; otras veces he tratado de moldearlas y adaptarlas a la fuerza para hacerlas coincidir exactamente contigo, como la zapatilla de la Cenicienta, y en ocasiones me he dejado dominar por la pasión y perdido completamente el rumbo de una relación inmadura...

En todos estos días de estudio, auto conocimiento y reflexión, creo haber aprendido de mis errores del pasado y entendido que el amor real no lleva prisa. Por fin he entendido la frase "cuando dejes de correr, llegarás". Ya sé que una relación duradera tiene que estar basada en el conocimiento profundo de la pareja y en la aceptación total de sus virtudes y defectos. Ya sé que no debo idealizar a mi pareja, no debo atribuirle cualidades o virtudes que no posea. Tampoco debo pensar en que ella cambiará sus "pequeños defectos" para convertirse en la mujer de mis sueños, debo aceptarla como es y construir con ella un amor verdadero que se afiance con el constante deseo de darnos sin condiciones, y que crezca, permitiéndonos a ambos la independencia con libertad y autonomía. Ya sé que debo basar mis sentimientos en la personalidad de mi pareja y no en sus atributos físicos o en las relaciones sexuales. Debo siempre buscar una relación constructiva que nos beneficie, en lugar de hacernos daño, tanto si la relación perdura como si no. Ya sé que debo evitar los celos y la búsqueda del control de mi pareja, ya que nadie, ni aún casado, es dueño de su pareja. El verdadero amor no asfixia ni quita jamás la libertad...

También sé que entre los retos más difíciles que hay en este mundo, tal vez no haya ninguno más difícil de lograr que un BUEN matrimonio, pues no sólo se requiere haber preparado y solidificado sus bases con un buen noviazgo, sino una dedicación permanente, que exige más esfuerzo y tenacidad que aprender a tocar cualquier instrumento musical. En un buen matrimonio, cada uno de los cónyuges debe estar dispuesto a darlo todo a cambio de nada, desear siempre lo mejor para la persona amada, disfrutar con su alegría y llorar con sus tristezas, permanecer a su lado en la adversidad para darle una frase de consuelo, de ánimo y de apoyo; debe estar dispuesto a entregar el alma y el corazón sin condiciones, por el simple gusto de darse, por la simple alegría de amar... El amor conyugal permite encontrar la propia felicidad en la felicidad del cónyuge.

Y también he aprendido que en un buen matrimonio no todo es romanticismo y, como en cualquier sociedad, hay prerrequisitos que cumplir y normas que establecer para su buen funcionamiento. Según los expertos, dos personas que deseen unir sus vidas en matrimonio deberían tener estilos de vida similares, realizaciones profesionales independientes y temperamentos opuestos pero complementarios. Los matrimonios felices entre "príncipes" y "cenicientas" no existen en la vida real y las primeras y más comunes causas de problemas en el matrimonio son tan vulgares y poco románticas como la lucha por el mando en el hogar y los desacuerdos sobre el dinero, por lo tanto, es necesario estar preparados para resolver "asertivamente", con calma, con equidad y con justicia, todos estos problemas cuando se presenten. La confianza, el diálogo y el respeto nunca se pueden perder en un matrimonio, así como tampoco en ninguna sociedad comercial.

Para terminar, deseo agradecerte infinitamente por haber actuado gratis en tantos de mis sueños, por haberme dado la fuerza para ser lo que soy y lo que pienso llegar a ser. Te amo, no sólo por lo que tú eres sino por lo que yo soy cuando pienso en ti. No sé cuándo te convertirás finalmente en mi mujer de cuerpo y alma pero me siento capaz de esperarte esta vida y otras más, y mientras tanto, trataré de seguir creciendo para merecerte...

Te amaré por siempre,

Jorge A Restrepo

Carta a mis captores...

Medellín, Julio 15 de 2002

Señores
AUC (?)
Zona Occidental
Medellín

Me permito escribirles porque ya he completado 20 días en su poder y hasta el momento no he recibido ninguna noticia de mis dos hijos ni de mis padres. Como les expliqué desde el primer día, ni mi familia ni yo compartimos algunas de sus tácticas para financiar los costos de la guerra y pienso que con este proceder, que bien podría denominarse "narcoterrorista", es posible que logren financiarse por un tiempo pero no sé si han tenido tiempo de analizar los "costos ocultos" de dichas tácticas y si, a largo plazo, se justifiquen para su organización...

Ya que mi único pasatiempo es leer, pensar y escribir, quiero al menos aportarles mi punto de vista, no con el ánimo de polemizar ni de hacerlos sentir como "malhechores" ya que la mayoría de ustedes sólo cumplen órdenes superiores, como en cualquier organización militar, y están convencidos que todos sus actos son por el bien de Colombia y de su sufrido pueblo. Sin embargo, si analizamos más profundamente la situación, veremos que casi todos los actos que se presentan en una sociedad tienen efectos primarios y secundarios, así que podemos tomar cualquier ejemplo y analizarlo...

ACTO: Matar un miembro de la organización enemiga.
EFECTOS PRIMARIOS: Un enemigo menos, algunas municiones gastadas, satisfacción del compañero y de la cuadrilla que llevó a cabo la operación.
EFECTOS SECUNDARIOS: Una familia colombiana sufre la pérdida de uno de sus miembros. Aumenta el odio y la sed de venganza hacia su organización, especialmente por parte de los compañeros y allegados del muerto. La organización enemiga trata de recuperarse y fortalecerse: recluta uno o más hombres nuevos para reemplazar el dado de baja, busca nuevos medios de financiación para fortalecerse, etc.

Si observamos, nos damos cuenta que los efectos secundarios no terminan nunca porque cada uno de ellos es a su vez un nuevo acto que produce otros efectos primarios y secundarios. Vamos a analizar otro ejemplo...

ACTO: Producir o comercializar droga para financiar la guerra.
EFECTO PRIMARIO: La organización obtiene fácil y rápidamente importantes recursos económicos que puede usar para fortalecerse: Adquirir más hombres, armas, municiones, material de intendencia, entrenamiento, etc.
EFECTOS SECUNDARIOS: Las organizaciones enemigas sienten que le están "jugando sucio" ya que sus métodos de financiarse (hasta ese momento) no se consideraban delitos internacionales (solicitar aportes voluntarios, impuestos, ayuda internacional, vacunas, robos, atracos, extorsiones, retenciones, etc.) y para no quedar en desventaja, "se ve forzada" a utilizar la misma táctica u otra todavía "peor" desde el punto de vista ético. Otro efecto secundario es que, al utilizar cualquier táctica que viole el Derecho Internacional Humanitario, la organización pierde apoyo y credibilidad, tanto nacional como internacional, de muchas personas e instituciones que simpatizaban con sus ideales originales, pudiendo llegar a ser tildada internacionalmente como "organización terrorista", con todas las consecuencias negativas que este calificativo trae, especialmente a partir del famoso 11 de Septiembre, etc., etc.

Vemos pues que, en algunos casos, el remedio puede llegar a ser peor que la enfermedad y, casi sin darse cuenta, todas las organizaciones involucradas en una guerra o en un conflicto civil como el de Colombia, se van corrompiendo y van dejando atrás el respeto a los derechos humanos con tal de no perder terreno en la batalla.

Un ejemplo muy claro de lo anterior es el lío en que se ha metido el gobierno para "merecer" la ayuda del Plan Colombia. Ha tenido que darle la espalda a las AUC y combatirlas en muchos casos, en lugar de utilizar sus recursos contra el enemigo común que son las organizaciones guerrilleras. Y el problema es que, una vez se ha empleado un método tan "eficaz" para conseguir recursos, es muy difícil echar atrás (es como salir de un vicio). El señor Carlos Castaño (jefe de las AUC) lo sabe y ha hecho público su deseo de no tener que volver a recurrir a ciertas tácticas, como el narcotráfico o el secuestro, para recuperar su credibilidad y el apoyo del ejército, pero mientras más se demore y más avance la corrupción en su organización, más difícil le será.

Por último, quiero analizar un tercer ejemplo:
ACTO: Secuestrar a un comerciante honesto (otros ejemplos podrían ser secuestrar a un comerciante deshonesto, a un combatiente enemigo, a un político, etc.)
EFECTO PRIMARIO: La organización que ha hecho la retención obtiene algunos recursos económicos para su sostenimiento, aunque generalmente no tan rápido ni tan fácil como en el caso del narcotráfico.
EFECTOS SECUNDARIOS: El comerciante honesto pierde total o parcialmente su capital de trabajo, además de su capacidad productiva durante varios meses (incluso después de finalizado el secuestro); la organización comercial del secuestrado queda sin control y sus trabajadores completamente a la deriva. Los familiares del secuestrado y de sus trabajadores, que muy posiblemente pierdan sus empleos, quedarán resentidos (o enemigos si ya estaban resentidos) de la organización secuestradora. La economía del país estará cada día peor y el sufrido pueblo colombiano cada vez tendrá menos oportunidades de tener un empleo y unos ingresos que le permitan vivir dignamente.

Espero haber hecho un aporte a su organización para la Paz de Colombia,

Jorge A Restrepo

Día 22
¡Hoy es martes 16 de Julio a las 11:30 a.m. y estoy llorando de la felicidad! Hace unos minutos me visitaron los mandos superiores y me comunicaron con mi papá por celular. ¡Por fin supe que mis hijos están bien y que mi mamá ha estado muy guapa! Mi papá se alegró mucho de oírme y aunque mis secuestradores querían que le dijera que estaba enfermo y que negociara con ellos cuanto antes, yo les advertí que no diría ninguna mentira y menos para preocupar a mi familia, así que, aunque me prohibieron decirle que estaba bien, traté de que mi tono de voz lo reflejara. Le dije a mi papá que ellos no me querían coger a mí y que la negociación la veía muy fácil; que sacara los ahorros de mi cuenta y coordinara el pago con ellos.

Mis secuestradores quedaron de hablar nuevamente con mi padre a las 11 a.m. para ultimar los detalles de mi liberación. Aproveché antes de que se fueran para darles las gracias y entregarles una carta que les escribí entre anoche y el amanecer de hoy con la idea de facilitar la negociación. Esta mañana se la mostré a la Diabla y le pareció "muy linda", lo cual me deja muy tranquilo, pues creo haber transmitido mi mensaje con el mayor tacto posible...

Presiento, ahora sí, que mi secuestro está llegando a su fin. En la corta conversación, mi papá me dijo que los secuestradores habían quedado de entregarme hoy mismo, pero no me quiero crearme falsas expectativas. Sin embargo, si todo marcha bien, creo que esta noche o mañana miércoles me podrían estar liberando, así que ha llegado el momento de esconder el cuaderno con todas mis cartas y notas para poder llevarlas conmigo a la libertad...

Esa noche, mientras mis cuidanderos dormían, busqué el cuchillo de la cocina, que gracias a la confianza que me tenían, no lo habían guardado esa noche bajo su colchón. Le hice un corte a la camiseta de ciclismo en el interior del protector trasero, introduje el cuaderno con todas mis notas, y para que no se fuera a asomar o a caer en una eventual requisa al salir, lo aseguré en el fondo del protector y cosí nuevamente la camiseta con una "aguja" y un "hilo" que me proporcionó la divina providencia (Obra como si todo dependiera de ti y reza como si todo dependiera de Dios...).

El espacio disponible detrás del protector resultó ser exactamente del mismo tamaño del cuaderno, tanto que si éste hubiera tenido aunque fuera medio centímetro más por cualquiera de los lados, hubiera sido imposible acomodarlo sin que se viera por los orificios de respiración. La "aguja", la fabriqué con la mina agotada del Kilométrico con el que escribí el original de estas notas, el cual acababa de escribir sus últimas palabras: Desarmé el bolígrafo con la ayuda del cuchillo y con él mismo le hice un corte en diagonal a la mina plástica, quedando parecida a una aguja hipodérmica. El "hilo" fue una tira de polietileno que me encontré tirada en el suelo el día que llegamos a la nueva casa y, antes de que mis cuidanderos barrieran por primera vez, la guardé entre mis pertenencias sin tener claro para qué me podría servir. Probablemente se desprendió de un costal deshilachado de algún residente anterior de la casa y cualquier persona normal hubiera optado por botarla en lugar de guardarlos entre sus preciadas pertenencias.

La noche de mi supuesta liberación logré dormir tranquilo, igual que la mayoría de las noches de mi cautiverio. La Diabla y el Guineo me habían dicho que el día de mi liberación seguramente saldría de noche y en la misma forma en que había llegado al barrio (en la maleta de un taxi), así que para evitar la ansiedad durante las noches y la depresión al amanecer, antes de acostarme generalmente recordaba la frase "Cuando aprendas a aceptar en lugar de esperar, tendrás menos decepciones".

Día 23
Al día siguiente no me decepcionó haber amanecido acostado en el mismo colchón en que había dormido las 23 noches anteriores. Los siguientes días transcurrieron sin ninguna explicación por parte de mis cuidanderos ni de sus jefes, así que la esperanza de mi liberación se desvaneció rápidamente. Afortunadamente no me había hecho muchas ilusiones. Sin embargo, la segunda parte de mi secuestro fue mucho más difícil para mí que la primera, ya que la mayoría de las noches, además de acostarme con la leve esperanza de que me liberaran, también me acostaba con la angustia de que me mataran o me llevaran para el monte, ya que comenzaron a amenazarme con ambas posibilidades ante los continuos operativos que realizaron el ejército y la policía en el barrio donde me tenían retenido.

En varias ocasiones pensé en fugarme. Incluso mi rutina de trotar una hora diaria tenía doble propósito: mantener mi salud física y emocional pero, además, estar preparado para poder trotar las 30 cuadras que calculaba hasta salir del barrio en caso de que resolviera escaparme. La idea era hacerlo a una hora en que mis vigilantes estuvieran dormidos o cuando uno de ellos estuviera por fuera de la casa y el otro en el baño. Sin embargo, no dejaba de ser un grave riesgo para mi vida, y en caso de que fuera recapturado, las nuevas condiciones de mi cautiverio no me las quería ni imaginar.

Desde el primer día me advirtieron que me tratarían de acuerdo a mi comportamiento y creo haberme ganado el derecho a que me trataron tan bien como lo hicieron. Y me consta que no estaban "cañando", pues una noche que me estaba dando desespero por "ineptitud" de mis secuestradores en reclamar el dinero que desde el primer día les había ofrecido, les dije al Guineo y la Diabla, medio en serio, medio en broma, que "me iban a tener que matar" si no me comunicaban con los "cuchos" (así llamaban a los dos jefes superiores). Ellos se alarmaron, pues nunca me habían oído decir semejante frase. Inmediatamente fueron a localizar a sus jefes y a los pocos minutos llegaron dos encapuchados desconocidos que, sin escuchar mi solicitud, me esposaron a la baranda de la cama, esta vez sin la cuerda y con la bisagra de las esposas abierta, de tal manera que no podía siquiera girar el brazo para aliviar el dolor que me causaba la esposa en mi muñeca izquierda. Yo estaba sin camisa y ni modo de pensar en ponérmela o de pasar al baño arrastrando la baranda metálica por toda la casa.

Tan pronto se fueron, traté de aclarar el malentendido con mis cuidanderos y afortunadamente, después de una hora de verme tan maltratado, les dio lástima y fueron a pedir las llaves de las esposas para aflojármelas, pero en realidad me las quitaron para siempre.

Ya no tenía más libros para leer ni cuaderno en qué escribir, pero gracias al televisor y a la conexión al TV Cable comunal del barrio que logró conseguir el Guineo, teníamos entretención para las 24 horas del día que, dependiendo de los gustos y el horario de dormir, aprendimos a turnarnos el televisor amigablemente entre las dos piezas.

Adiós a la diabla...
El primer hecho significativo de la segunda mitad de mi secuestro ocurrió 10 días después de mi supuesta liberación: La noche del domingo 28 de Julio (día 34) les "dieron de alta" al Guineo y la Diabla. Me alegré mucho por ellos ya que estaban hartos de estar encerrados más de un mes conmigo, pero me dio mucha nostalgia de perder a mis dos únicos amigos, especialmente a la Diabla, de la cual me despedí de beso y abrazo, tras presentarme a la nueva parejita que los reemplazaría: La jovencita, al igual que la Diabla, también tenía 15 años y la apodaban "Pato", pero su compañero era aún más joven que el Guineo, tenía 17 años y sólo había estudiado hasta quinto de primaria.

Desde el primer momento traté de ganarme la confianza y la "amistad" de mis nuevos cuidanderos, de los cuales nunca pude conocer sus verdaderos nombres ni apodos diferentes a "Pato". Ella siempre le decía "amor" a su compañero (a pesar del mal trato que en muchas ocasiones recibía de él) así que resolví decirle "sobrino" y él generalmente me decía "tío" (las pocas veces que se dignaba dirigirme la palabra).

Segunda parte del secuestro...
En la noche del martes 30 de Julio (día 36), parece que por asuntos de seguridad, mis secuestradores resolvieron cambiarme nuevamente de sitio de reclusión, pero afortunadamente no iba a ser para el monte, sino para otra casa con mayor seguridad. Como de costumbre, cuando de trasteos se trataba, esperamos que fueran las 12 de la noche para que los vecinos no nos vieran (más les vale no ver nada porque a los "sapos" los matan). Me puse toda mi ropa, una sobre otra: el uniforme de ciclista, la sudadera con los calzoncillos tangas en los bolsillos, los guantes y la toalla me la pusieron sobre el casco para que no viera para donde iba. En esta ocasión, uno de los jefes inmediatos de mis cuidanderos, fue el encargado de llevarme de gancho unas cinco cuadras a través de empinadas calles y estrechos pasadizos, mientras la Pato llevaba abrazado al televisor, y su "amor", junto con otro compañero moreno, al cual nunca había visto, llevaban la ropa, la cocineta, la escoba y mi colchón.

Finalmente llegamos a la nueva guarida, completamente al oscuro ya que, según nos contaron, toda la cuadra había estado sin luz todo el día, así que encendimos una veladora e inspeccionamos rápidamente la casa: Al igual que la primera, las paredes y el techo estaba en obra negra y había cartones y basura por todos lados como si alguien la hubiera ocupado recientemente, en la cocina había residuos de comida y restos de mercado, en el piso de la que sería mi pieza me encontré una colcha de retazos y un cojín azul con el ratón Miguelito, de los cuales me apropié inmediatamente sin reparar en el mugre y las pulgas que tenían.

Mientras tanto, el "amor" de la Pato y su compañero, hicieron varios viajes para traer el otro colchón, el mercado y las ollas. Mientras tanto, a pesar de lo avanzada la noche y la falta de luz, entre la Pato y yo, logramos barrer las dos piezas y asear un poco la cocina y el baño que estaban plagados de cucarachas. La pobre Pato se cortó un dedo limpiando la poceta de acero inoxidable de la cocina y me tocó prestarle los primeros auxilios con jabón y el papel higiénico azul que utilizábamos.

Cuando me levanté, me puse a inspeccionar la nueva casa con la luz del día. Tenía dos piezas y una amplia cocina con poyo en L. El baño era oscuro, aunque no tanto como el de la primera casa ya que tenía dos pequeñas rendijas entre los ladrillos de unos 10x30 cm., cubiertas por unas láminas de acrílico, que permitían cierta iluminación natural. La ducha, como de costumbre, era un tubo de PVC sobre el sanitario, pero, a diferencia de las casas anteriores, tenía lavamanos y cortina. Comunicando las dos piezas, la cocina y el baño había un amplio salón (ideal para trotar) y debajo del baño había unas empinadas y rústicas escaleras de madera que bajaban a un sótano que parecía diseñado especialmente para alojar secuestrados, pero afortunadamente yo ya me había instalado en la pieza que daba frente a la cocina y el baño.

A pesar de que tanto el salón como la cocina tenían ventanas, estas daban a un estrecho corredor de tres pisos de alto que servía también de entrada al apartamento del segundo piso. En medio de las escaleras que bajaban al sótano había una pequeña ventana con rejas, del tamaño de un ladrillo, por la cual sólo se veían los muros de las casas vecinas, así que la única vista que pude lograr del exterior fue retirando clandestinamente una de las láminas de acrílico del baño y desde allí, logré ver una calle cercana donde permanecían varios carros estacionados, otra colina llena de casas, unas torres de alta tensión y una unidad polideportiva.

Ya que todavía no había llegado la luz (sólo la arreglaron en las horas de la tarde) y mis cuidanderos seguían durmiendo, aproveché para ponerme a reparar la casa. Lo primero que hice fue componer el sanitario porque la palanca para soltarlo estaba quebrada y todos los olores llegaban directamente a mi habitación. Le quité la tapa al tanque y le acondicioné una pita, que al halarla permitía soltar el inodoro. Después pasé a la cocina y, con el lomo del cuchillo, le maté el filo al borde de acero inoxidable de la poceta para evitar otro accidente, y finalmente organicé la instalación eléctrica para poder conectar el televisor y moverlo a cualquiera de las dos habitaciones sin tener que apagarlo.

Mi habitación resultó ser la más grande de la casa pero, a su vez, la más oscura, así que para poder dedicarme a la lectura cuando no tuviera acceso al televisor, decidí hacerle una pantalla reflectiva al bombillo de mi pieza con un pedazo de papel de aluminio que me encontré en la cocina. El único mueble que había era un balde de plástico (en los que viene la pintura) que, en ocasiones, lo usamos como asiento, como mesita para colocar el televisor o como caneca de basura.

En vista de que no había forma siquiera de calentar agua panela para desayunar, me senté en el balde al pié de la ventana (antes de que me lo prohibieran) y me puse a leer un texto escolar que me encontré tirado en el suelo de mi pieza: "Conozcamos nuestra historia. 6º grado" de Diana Bonnet Vélez. En los siguientes días releí los libros que todavía conservaba y repasé toda la historia de la Tierra y de Colombia, desde la edad de piedra hasta Belisario Betancur, y uno de los hechos históricos que más me llamó la atención fue que, el secuestro extorsivo no es nuevo en Colombia, pues desde la época de la conquista, los españoles secuestraban y retenían a los indígenas hasta que sus familiares les entregaran determinada cantidad de oro. Les comenté a mis cuidanderos lo que acababa de leer y me imagino que se les quitó cualquier sentimiento de culpa que pudieran tener.

La Pato, a diferencia de la Diabla que siempre fue madrugadora y responsable de su oficio de ama de casa, no le gustaba ni tenía idea de cocinar y generalmente no se levantaba antes del medio día. Las únicas tres recetas que tenía se las había dejado la Diabla anotadas en un cuaderno y eran arroz, lentejas y espaguetis. Su "amor" demostraba cada día ser más inmaduro, dominante, machista, resentido y maleducado. No pensaba más que en dormir y, cuando se despertaba, en fumar, en pelear con la Pato y en hurgarse la cara frente a un pedazo de espejo, al que cada día le acababa quebrando una esquina de tanto trastearlo por toda la casa.

Cada vez que la Pato entraba al baño, le daba por meterse a orinar él también (como si fuera un perro marcando el territorio). Creo que se le orinaba encima (o por un ladito porque el baño quedaba pasado a "berrinche") y casi nunca se molestaba en soltar el inodoro, así que yo tenía que hacerlo por él. Sus entradas al baño generalmente eran anunciadas con anticipación. Muchas veces duraban hasta media hora y estaban acompañadas de toda clase de ruidos desagradables, tanto cuando se bañaba como cuando se lavaba los dientes, dando la impresión de que su limpieza era tanto por fuera como por dentro, incluyendo todo su sistema gastrointestinal y respiratorio.

De todas maneras, yo trataba de vivir lo más independiente posible de mis cuidanderos. Casi todos las noches programaba la alarma de mi reloj para despertarme a las 6:30, pasar silenciosamente el televisor a mi pieza y ver los noticieros de televisión que me habían prohibido ver desde los últimos días de Julio. Después de los noticieros matutinos, generalmente veía un rato el canal de la National Geographic y un programa de detectives en el canal USA movie, y si la Pato ya se había levantado, veía con ella el programa de "Historias de hombres sólo para mujeres".

Al acercarse el medio día, barría la pista atlética (el salón) y trotaba una hora mientras la Pato recalentaba cualquier cosa que me pudiera servir de almuerzo y de desayuno para ella y su "amor". Después me bañaba, y dependiendo del ambiente que observara en la pieza de mis cuidanderos, optaba por hacer la siesta o ver el programa "Padres e Hijos" con la Pato y su "amor".

El resto de la tarde me ponía a leer y a las 8 de la noche, generalmente les hacía la visita a mis cuidanderos en su pieza, me sentaba en el balde o en una esquina de su colchoneta y veíamos una "cinta" (según las palabras del "amor" de la Pato) que pasaban todas las noches en un canal peruano de televisión.

Cuando había algo de mercado, aprovechaba para preparar mi propio desayuno y algo para comer antes de acostarme. Sin embargo, me dio la impresión que esto molestaba a mi quisquilloso "sobrino", especialmente cuando yo me comía la última arepa o me gastaba la última cucharada de leche en polvo, así que decidieron guardar parte del mercado en su pieza, y conseguir cosas sólo para ellos, como helados, manzanas, tortas, galletas, chocolatinas, etc. Yo pensaba para mis adentros, cuántas veces (consciente o inconscientemente) no habría hecho uno la misma discriminación con sus empleados...

Hubo un día que no probé bocado durante las 24 horas y muchas veces me ponía a pensar en el incierto futuro que teníamos mis cuidanderos y yo, pero definitivamente, aún en los momentos más difíciles de mi cautiverio, pensaba que no me cambiaría por ninguno de ellos. Al menos yo tenía la esperanza de salir libre y poder continuar o reiniciar mi vida, pero ellos, ¿qué futuro tenían? Ninguno desafortunadamente. Creo que la mayoría de ellos nunca lo han tenido...

Ninguno de mis cuatro cuidanderos se criaron en un hogar formado por su papá y su mamá, y ninguno logró terminar el bachillerato. Su sueño era "independizarse" y no dejarse humillar más de nadie, y la forma más fácil, según me explicaron, era asociarse a un "combo" de pandilleros y aprender a usar armas, las cuales les dan la posición social y la importancia con la que siempre soñaron. Alguna vez me dijo la Diabla que les hubiera gustado pertenecer al ejercito pero que allí no los reciben por ser menores de edad. Ellos saben que, al igual que en la mafia, es casi imposible desertar con vida, y en el mejor de los casos lograrán ascender dentro de la organización y sobrevivir unos años más, pero jamás podrán sentir realmente el calor de un hogar...

La mayoría de la "gente de bien" tiende a pensar que todos los secuestradores son "malos", mientras que la mayoría de los secuestradores piensan que todos los secuestrados somos los "malos", por el solo hecho de ser ricos y no compartir con los pobres toda nuestra riqueza. Yo creo que es imposible asegurar con certeza si los "buenos" somos los secuestrados y los "malos" los secuestradores o viceversa pues, como aprendí en la primera parte de mi cautiverio, sólo cuando se conoce exactamente para qué sirve algo, se puede juzgar como "bueno" o "malo" y ya que no sabemos a ciencia cierta, para qué sirven los seres humanos, no se les puede determinar exactamente cuáles son "buenos" y cuáles son "malos".

Sin lugar a dudas, la mayor enseñanza que me dejó la segunda parte del secuestro fue la tolerancia, y tuve que hacer un gran esfuerzo y poner en práctica toda la paciencia y sabiduría aprendidas hasta ahora para poder soportar y convivir con la Pato y especialmente con su "amor". Gracias a Dios ya tenía las claves para lograrlo: "Señor, dame la serenidad para aceptar las situaciones que no puedo cambiar, la gracia y el valor para cambiar las que sí pueda, y la sabiduría para distinguir la diferencia", "no podemos cambiar los acontecimientos, las personas ni las cosas que nos perturban pero sí la manera como reaccionamos ante ellos" y "nadie ni nada tiene el poder de perturbarnos si nosotros no se lo permitimos".

Mi liberación...
El martes 13 de Agosto (día 50) a las 9:30 de la noche yo estaba en la pieza de mis cuidanderos viendo una película en el televisor cuando tocaron la puerta de la casa. Eran dos encapuchados armados que no recuerdo haber visto antes. Se dirigieron a mí y me dijeron que me alistara que ya me iba. Asustado les pregunté que para dónde me iban a llevar y ellos respondieron que para mi casa. ¡No lo podía creer! Tanta fue mi emoción que no sólo abracé a la Pato sino también a su "amor".

Me puse toda mi ropa, una sobre otra, y lógicamente el casco, los guantes y la camiseta de ciclismo donde tenía escondido el cuaderno con todas mis notas. Como ya tenía experiencia en las caminatas nocturnas por el barrio, me puse mi toalla sobre el casco y les indiqué cómo cubrirme con ella para que no viera por dónde me sacaban (antes de que lo hicieran con un trapo sucio que llevaban).

Me despedí nuevamente de la Pato y de su novio y comencé por fin mi anhelado camino hacia la libertad. Adelante iba uno de los encapuchados mientras el otro me guiaba desde atrás, agarrándome del protector trasero de mi camiseta con mi cuaderno debajo (qué tal si no lo hubiera cosido tan bien). Caminamos aproximadamente una cuadra por un laberinto de pasadizos y escalones hasta llegar a un parqueadero donde había un taxi esperando. Por las luces traseras encendidas que alcancé a ver a través de la toalla vi que no era un MAZDA 323. Parecía un modelo mucho más moderno y compacto. Afortunadamente no me metieron al baúl sino que me dijeron que me recostara en el asiento trasero, con la cabeza hacia el asiento, sin moverme ni quitarme la toalla. Uno de los encapuchados acompañó al taxista unas pocas cuadras, aparentemente hasta salir de la zona de control de mis secuestradores. Con el corazón desbocado y la respiración agitada, me puse a rezar y a esperar que el chofer me autorizara a destaparme la cabeza pero él sólo parecía estar preocupado en salir rápidamente del barrio.

Creo que íbamos por San Juan con la carrera 70 cuando mi reloj marcó la alarma de las 10:00. Yo seguía agachado y con la cabeza cubierta. El chofer no me hablaba y yo tampoco me atrevía a hacerlo, hasta que finalmente sentí que detuvo el taxi. Yo le pregunté si me podía levantar y él finalmente me saludó. Me confesó que estaba tan asustado como yo, que tenía un bebé de cinco meses y que lo habían asaltado y llevado a ese "hueco" de donde me había sacado. Me alegré que no fuera uno más de ellos y le conté entre sollozos de emoción que llevaba 50 días secuestrado. Cuando logré por fin deshacer el nudo de mi toalla y destaparme la cabeza, me di cuenta que estábamos en la carrera Bolívar entre las calles San Juan y Los Huesos, así que le fui indicando cómo llegar rápidamente al edificio donde esperaba que estuvieran mis padres.

Cuando llegamos a la portería, le agradecí infinitamente su servicio y me excusé de no tener forma de pagarle. Me bajé del taxi y corrí hacia los porteros a quienes traté de preguntarles si mis padres estaban en el apartamento, pero mi llanto de emoción no me permitía modular. Afortunadamente me dejaron pasar y tomé rápidamente el ascensor...

Reencuentro con mis padres...
Cuando la puerta se abrió estaban mis padres esperándome frente al ascensor, ambos en pijama y yo en traje de ciclista. Nos abrazamos los tres mientras la empleada nos miraba emocionada desde la puerta del apartamento. Los cuatro llorábamos y las palabras no nos salían. Creo que sólo alcancé a decir ¡Estoy vivo! ¡Estoy libre! ¡Los Quiero mucho! ¿Donde están mis hijos?

Me respondieron que estaban en Washington, en la casa de mi hermana, desde hacía ocho días. Creo que no me había quitado el casco ni los guantes cuando ya estábamos marcando el teléfono para llamarlos y sólo pensaba en viajar a verlos lo más pronto posible...

A pesar de ser casi la media noche, a los pocos minutos comenzaron a llegar algunos de los familiares y amigos más allegados, y al abrazarlos me era imposible contener las lágrimas de emoción. ¡Qué lástima que haya que pasar por una experiencia tan larga y dolorosa para poder experimentar instantes de tanta felicidad! Era una sensación muy extraña. Me sentía como acabado de nacer pero con pleno uso de razón y rodeado de casi todos mis seres queridos.

Esa noche, aunque mis padres me alojaron en la cama de huéspedes, me prestaron pijama y me proporcionaron la segunda almohada para mi hombro, fue la única noche desde mi captura que no fui capaz de dormir un sólo minuto. No veía la hora de que amaneciera para comenzar a llamar y visitar a todos mis amigos. Sin embargo, cuando finalmente amaneció me sentí casi tan aislado como me había sentido durante mi cautiverio. No culpo a mis padres ya que, con seguridad, sufrieron mucho más que yo y tuvieron muchas más cosas de qué preocuparse, pero no parecían haber previsto mi regreso: No sólo no había encontrado a mis hijos para abrazarlos ni mi pijama para dormir, sino que tampoco estaban mis gafas, mi celular, mi agenda electrónica con todos los números telefónicos, mi carro, mi billetera, mis papeles, mis llaves, mi permiso para conducir, etc. Seguía encerrado en una casa extraña y sólo tenía las pocas pertenencias que había guardado celosamente en mi casco de ciclismo durante 50 días... Parecía el examen final de aceptación y tolerancia y creo que por poco lo pierdo.

Reencuentro con mis compañeros...
Al día siguiente me invitaron a almorzar mis amigos ciclistas y por fin supe cómo fue que se lograron fugar del segundo taxi. Uno de ellos efectivamente había sido forzado a meterse en el baúl mientras al otro lo sentaron en el asiento trasero, detrás del chofer y con el otro bandido sentado a su lado empuñando una pistola. Los primeros minutos lo obligaron a permanecer agachado, sin embargo, pudo darse cuenta que el taxi recorrió la transversal de Envigado hasta San Lucas, tomó la transversal superior, bajó por la Loma de Los Balsos hasta la transversal inferior y finalmente bajó por la Loma de El Campestre.

Cuando mi amigo vio que el taxi disminuyó la velocidad para girar a la derecha y tomar la Avenida El Poblado, sin pensarlo dos veces, con su mano derecha le agarró el brazo con que sostenía la pistola su vecino de asiento y con la mano izquierda abrió la puerta y se lanzó del taxi a atravesar corriendo la Avenida, confiando que no viniera ningún otro carro que lo atropellara. Inmediatamente el chofer frenó en seco mientras su compinche armaba la pistola para descargarla contra mi amigo.

Mientras tanto, mi otro compañero permanecía a oscuras entre el baúl, con las mismas sensaciones de asfixia y desconcierto que yo sentía en esos mismos momentos en el primer taxi. Mi compañero sintió la curva, el frenazo y tres disparos, pero no tenía idea de dónde estaba ni qué era lo que estaba sucediendo. Entre gritos desesperados que parecían venir de todos lados, sintió que el chofer trataba inútilmente de encender el motor del taxi que se había apagado a consecuencia del frenazo en seco.

A los pocos minutos, o segundos tal vez, se abrió la tapa del baúl y el pistolero, apuntándole directamente a la cabeza, le dijo que se levantara y se metiera a la maleta de un tercer taxi al que acababan de asaltar. Mi amigo respondió asustado que era incapaz de moverse, que sus piernas no le respondían. El asaltante desconcertado, fue a hablar con el chofer mientras mi amigo, como por arte de magia, saltó del baúl, corrió hacia un grupo de curiosos y logró subirse de "parrillero" a la parte de atrás de una motocicleta que pasaba en ese momento por el lugar, y a los pocos minutos logró llegar sano y salvo a su casa.

Mi otro compañero, afortunadamente pudo esquivar las balas y los carros, y también logró llegar sano y salvo a la portería de uno de los edificios localizados al otro lado de la Avenida.

Lo primero que hicieron cada uno de mis amigos tras sus fugas individuales, fue llamar a la policía a reportar mi desaparición y la de su otro compañero, a quienes no nos habían vuelto a ver desde el momento de la captura. A pesar de la rápida respuesta de las autoridades y la colaboración de los vecinos del lugar, no fue posible capturar a ninguno de los bandidos y los minutos pasaron sin que nadie pudiera explicar cómo era posible que, habiendo dos taxis varados, con sus baúles abiertos, todavía estuviéramos desaparecidos dos de los tres ciclistas secuestrados.

Los minutos pasaron y con la ayuda de la policía, finalmente se pudieron comunicar mis dos amigos para contarse la forma cinematográfica en que cada uno de ellos se había logrado escapar y, tras comprobar que yo todavía permanecía desaparecido, uno de ellos, se encargó de darle la mala noticia a mis padres y estos a su vez a mis hijos, que seguían esperándome a desayunar. Gracias a Dios, todos aceptaron la noticia con madurez, tanto que mi hijo le pidió a mi madre que lo llevara al colegio y, sin decirles una sola palabra a sus profesores sobre mi secuestro, recuperó varios de los logros académicos que tenía pendientes para salir a vacaciones.

La noche anterior había llegado a Bogotá mi hermana con toda su familia para pasar las vacaciones de verano en Medellín en compañía de mis padres, mis hijos y mis otros sobrinos. Desafortunadamente, éstas no resultaron tan felices como todos habíamos soñado, pero al menos mi secuestro sirvió para unir más a mi familia alrededor de la oración y el sufrimiento.

Reencuentro con mis hijos...
¡Hoy es 21 de Agosto y anoche completé una semana de libertad! Estoy en Washington D.C., la capital de los Estados Unidos, en compañía de mis dos hijos y de la familia de mi hermana. Desde que abordé el avión en Medellín el viernes 16 de Agosto para poder reencontrarme con mis hijos y conocer a mi nuevo sobrino, comencé a transcribir mi cuaderno de notas a un computador portátil, y en él estoy tratando ahora de completar la historia... ¡El reencuentro con mis hijos fue tal como lo había soñado tantas veces durante mi cautiverio! Creo que si hubiera habido fotógrafos en el aeropuerto, habríamos salido en el Washington Post.

Epílogo...
Hoy es 26 de Agosto y estoy de regreso, en el aeropuerto de Miami con mis dos hijos, esperando que salga el vuelo que nos llevará nuevamente a Colombia. Disfruté de 10 días adicionales de vacaciones en la capital de este país impresionante y estoy a pocas horas de tener que reiniciar mi vida.

Mi impresión es que los Estados Unidos parecen quedar en un planeta diferente al que describía el texto de historia de Colombia que leí en mi cautiverio... Aquí todo es tan distinto que ni siquiera consideran a Cristóbal Colón como el descubridor de América sino a un tal "John Cabot" que en Colombia no hemos oído mencionar. Aquí piensan que los estadounidenses son los únicos "americanos" y nadie duda siquiera que ellos sean los "buenos" y sus enemigos los "malos". Aquí nadie entiende cómo es posible que yo, después de haber sido secuestrado, esté regresando nuevamente con mis hijos a vivir a la "boca del lobo". Aquí todo es tan artificial que no parece haber lugar para la tristeza. Me parece que buscan la felicidad comprando compulsivamente todo lo que les muestran las caras "felices" de la publicidad y todo se mueve tan rápido y en orden que la gente no tiene tiempo de preguntarse si sus vidas tienen algún sentido. Parece que les basta con tratar de vivir como los demás para ser tan felices como creen que son los demás.

Esto me acuerda de una frase que leí durante mi cautiverio: "La convicción de los ricos, de que los pobres son felices, no es menos tonta que la de los pobres que piensan que los ricos sí lo son".

*Por seguridad, algunos hechos, nombres y lugares han sido cambiados. Ninguna de las fotografías es original. Todas fueron tomadas de Internet.

(C) JAR 2002


6 comentarios:

Olga Román dijo...

Estimado Jorge:
Entré a tu blog por casualidad casi, buscando en realidad tu opinión acerca del Ratón Pérez y otras "leyendas urbanas". Pero me atrapó la historia de tu secuestro, relatada en un lenguaje tan cinematográfico que durante todo el tiempo que me llevó leerla sentí que era tú. No voy a hacerte comentarios pues aún no me he repuesto de la sensación de haber vivido contigo todo ese largo tiempo de cautiverio. Tampoco sé si felicitarte pues quizá hubieses preferido que nunca ocurriera. Lo que sí valoro es que has sabido sacar elementos positivos de algo tan profundamente negativo, y compartirlos con alguien desconocido como yo que los va a utilizar para su propio crecimiento interior.
Te envío un fuerte abrazo desde Argentina. Quizá volvamos a tener algún contacto (sería importante para mí). De todos modos, gracias por tu relato. No se me olvidará.
Daniel Galatro
dgalatrog@hotmail.com

Gloriux dijo...

Hola, a mi tambien me atrapo tu relato, de verdad que es una aventura del cual pocos sabemos en realidad el interior del que la pasa. Primera vez que lei de la propia fuente y que no es como en los libros que muchas veces le pone su cominito de imaginacion.
Interesantes las reflexiones...me gustaria seguir leyendote.
Gloriux

Vicky dijo...

Increible, los secuestros aun que tu lo tomaste de una maera calmadsa... son un caos, a mi me secuestraon una tia por parte de papa y a un tio abuelo por parte de mama y se loq ue sufre la familia con estos casos.... yo tambien sufri tristemente por culpa de la guerrilla pues hace 16 años mataron a mi esposo por robarle su carro..
No se hasta cuando debemos seguir sufriendo cosas como estas...

Un fuertisimo abrazo Jorge.

carolinaduperly dijo...

Hola Jorge, tambien ingrese a tu blog por el tema de la protesta contra las FARC, el de FEB. y hacia tiempo queria conocer esta experiencia que tuviste, todas estas situaciones de verdad dificiles que tenemos en la vida, nos sirven para comprender el valor de lo importante, tus aportes son valiosos,la manera como enfrentas y percibes situaciones, tus relatos hacen que sea fácil "conectarse" con ésta experiencia y vivirla durante unos minutos a traves tuyo. QUE DICHA PARA TI Y LOS TUYOS QUE REGRESASTE.Carolina Duperly

javierivastrio dijo...

TOCAYO JORGE.BUSCANDO SOBRE REFLEXIONES DE NO AL SECUESTRO PARA LEERLOS EN UNA MANIFESTACION POR PARTE DE ESTUDIANTES DE VARIAS INSTITUCIONES EDUCATIVAS EN LA CEBEZA DE LAINTITUCION: ESCUELA NORMAL SUPERIOR DE PASTO COLOMBIA DONDE PRESTO MIS ORIENTACIONES EN BACHILLERATO, ME TROPECE CON SU DIARIO Y ME SECUESTRO SU REALIDAD DE VIDA COMENTADO CON TODOS SUS OLORES Y SABORES DE MOMENTOS DIFICILES O EXPERIENCIAS QUE DIOS NOS PONE EN PRUBA:
A SU HISTORIA LE PONDRIA COMO TITULO: LA BIBLIOTECA,PARA UN GUION DE CINE, POR QUE EN BASE A SUS LECTURAS USTED COMO MUCHOS APRENDIMOS A VALORAR NUESTRAS VIDAS Y A VER DESDE OTRO ANGULO A LAS DEMAS PERSONAS Y NUESTRA FAMILIA, COMO TAMBIEN APRENDI DE USTED QUE LA PACIENCIA LA TOLERANCIA Y EL RESPETO QUE LLEGO A TENER CON SUS SECUESTRADOS Y CUIDADORES FUE MUY GRANDE.
QUE EL TODO PODEROSO LO GUIE SIEMPRE CON Y PARA LAS PERSONAS QUE LO RODEAN:

JORGE JAVIER RIVAS MARTINEZ
javierivastrio@hotmail.com

Anónimo dijo...

Es lo mejor que jamás he leído nunca.